Arte

Tú eres el artista de tu propia historia: Don Miguel Ruiz

El autor tijuanense del best seller mundial, Los cuatro acuerdos, narra la fascinante historia de su vida

Bajo el negro sombrero yace una mirada que se revela exploradora de zonas profundas. Oscuros ojos de espejo humeante capaces de escrutar al interlocutor hasta fragmentar cualquier vestigio de máscara o blindaje. Frente a él, la única certidumbre es que esa mirada de halcón en vuelo está permanentemente aprehendiendo y reinterpretando el mundo. Sin embargo, la firmeza en el mirar no endurece su rostro. Aunque parece estar siempre descifrando el entorno como quien busca resolver un misterio, la expresión en su cara es de serenidad y confianza. La serenidad de quien ha visto y vivido demasiado y se sabe poseedor de las claves para resolver acertijos existenciales.

Se llama Miguel Ruiz, vive gracias a un corazón heredado por una joven de 20 años e intuye que el universo a su alrededor es un sueño y la vida humana una gran representación.

Más allá de oníricas ficciones, la única certidumbre - clara contundente y sin relativismos-es que este hombre escribió un libro que ha sido traducido a 38 idiomas y a casi 20 años de su publicación sigue vendiendo decenas de miles de ejemplares y encausando no pocas veredas de vida.

Él suele sonreírle a la muerte con la tranquilidad de quien ha cumplido un destino y vive de acuerdo a sus principios. Su existencia misma ha sido una novela de aventuras. Antes de ser el chamánico creador de un best seller mundial llamado Los cuatro acuerdos, Miguel Ruiz fue futbolista, músico de rock y médico cirujano. Siendo niño fue marcado por la muerte de su hermano mayor y en su juventud sobrevivió a un devastador accidente carretero. Hace 14 años un ataque masivo estuvo a punto de matarlo y hace seis estrenó un corazón joven. Hoy se limita a vivir cada día sabiendo que aún si fuera el último, la vida habría valido la pena ser vivida una y mil veces.

Miguel creció en las calles de Tijuana y cada cierto tiempo retorna a recorrer los sitios en donde transcurrió su infancia. La semana pasada estuvo de visita en la ciudad y un medio día, entre las mil y un imágenes que contienen la historia del hotel y restaurante Césars, el autor de Los cuatro acuerdos narró la historia de su vida.

VIDEO: ¿Qué sigue en la vida de Don Miguel Ruiz?

Una infancia tijuanense

Miguel Ruíz Macías vino al mundo en tierra tapatía un 27 de agosto de 1952, pero a los pocos días de nacido fue llevado a Tijuana en donde vivían sus abuelos. Su acta de nacimiento es tijuanense, lo mismo que sus más añejos recuerdos de infancia en las calles de la colonia Juárez.

Su niñez estuvo marcada por la música. Su abuelo, don Leonardo Macías, fundó una orquesta en Guadalajara y por la época en que Miguel nació tocaba en el Hotel Rosarito junto con los tíos Ángel y Arturo. En casa de los Ruiz Macías no faltaban instrumentos musicales ni aprendices de músico y siguiendo el ejemplo de sus hermanos mayores, Miguel ya dominaba la guitarra antes de llegar a la adolescencia.

Eran los tiempos en que un joven Javier Bátiz enloquecía con su guitarra a la Avenida Revolución y la semilla del rock mexicano empezaba a germinar en esta frontera. Sin haber tenido una educación musical formal, Miguel hacía prodigios con la guitarra mientras buscaba espacios para tocar. Era también un destacado ajedrecista.

Un hecho trágico lo marcaría profundamente en aquellos años: la muerte de su hermano mayor de 19 años de edad en un accidente. "La muerte de uno de mis hermanos a los 19 años me hizo empezar a ver las cosas de otra manera.

Él era un rebelde, todo mundo lo cuestionaba, pero cuando se murió era visto como un héroe y eso me hizo preguntarme muchas cosas y me di cuenta que la gente es muy hipócrita", narra Miguel.

Como tantos jóvenes tijuanense de la época, Miguel Ruiz emigró a la Ciudad de México para continuar sus estudios. La Preparatoria Número Seis de la UNAM lo recibió en los turbulentos años finales de la década de los sesenta. De cerca vivió el joven preparatoriano el movimiento estudiantil de 1968 que torció para siempre el rumbo del país.

Entre el futbol y la medicina

Por aquellos años Miguel deslumbró a sus compañeros capitalinos con su habilidad y picardía en las canchas de futbol. Jugando la posición de mediocampista ofensivo, el joven tijuanense llamó la atención de los tres grandes equipos de la capital: Los Pumas, el América y el Cruz Azul. Su filia hacia el alma mater lo llevó a decantarse por los felinos universitarios en cuya reserva jugó con amplias posibilidades y puertas abiertas para ser ascendido al primer equipo.

La historia de lo que pudo haber sido dice que a principios de los setenta Miguel Ruiz habría podido debutar en Primera División con los Pumas, pero el joven llegó a la encrucijada en que es preciso tomar decisiones y a la hora de optar por un camino de vida el elegido fue la Facultad de Medicina de la UNAM de donde el tijuanense se graduó como médico cirujano.

Miguel Ruiz aprendía sus primeras lecciones de anatomía y fisiología resistiendo las extenuantes jornadas teórico-prácticas a las que es sometido un estudiante de medicina. Fue en aquellos primeros semestres cuando empezó a aflorar en Miguel un conocimiento silencioso que al igual que la guitarra y el ajedrez parece haberlo amamantado de su familia.

Además de talentoso músico y director de orquesta, don Leonardo Macías, abuelo de Miguel, fue conocido por ser un hombre poseedor de una ancestral sabiduría. También su madre, Sarita Macías, trascendió su entorno y fue famosa por ser una curandera que sabía utilizar la herbolaria y el control mental para sanar añejas dolencias. De su madre y de su abuelo aprendió Miguel una serie de conceptos que inmerso en su juvenil rebeldía fueron poco a poco brotando, primero como un método de aprendizaje de las materias más complicadas, pero después como un "darse cuenta" que su camino de vida no estaba en la fisiología, sino en los intrincados caminos de la mente humana.

"Mi madre es una de mis maestras más importantes. Del padre de ella, de don Leonardo, viene esa filosofía tolteca como una herencia, un estilo de vida. Ella no me dijo eres un tolteca, pero sí me dio algunas claves para la vida. La palabra tolteca significa artista. Cuando hablo de tolteca hablo del ser humano que es un artista y no únicamente de esa cultura que vivió en Teotihuacán y Tula", narra.

"Mi madre fue muy conocida, fue una curandera que ayudó a muchísima gente. Se fue a vivir a Estados Unidos y fue la primera curandera que el gobierno la contrató. En 2006 ingresó al Salón de la Fama en San Diego, la Madre Sarita. Ella utilizaba el poder de la mente, el poder de la sugestión para curar a la gente, convencerla y la gente le creía y se curaba. Ella era la matriarca y antes de ella mi abuelo era el patriarca. Él era lo que se llama en México un nagual. Él llegó a ser también uno de los principales maestros rosacruces", agrega Miguel.

Inmerso en las dudas entre la medicina y el conocimiento silencioso trasmitido por su abuelo, un hecho trágico y fortuito torció para siempre la vereda de Miguel: un terrible accidente carretero tras una noche de copas al que inexplicablemente sobrevivió.

"Me vi dormido en el volante, me vi sacando a mis compañeros del carro. Era un Volskwagen que quedó despedazado y entonces me di cuenta que yo no soy mi cuerpo. Mi cuerpo es mi hogar, vivo en mi cuerpo pero no soy mi cuerpo. Mi cuerpo es materia y la materia no se puede mover por sí misma, necesita una energía que la mueva. Lo que yo soy no puede ser destruido, pero mi cuerpo sí", expresa Miguel.

Fue entonces cuando Miguel tuvo claro que más allá de la anatomía había en las profundidades de la mente humana una veta profunda e inexplorada a la que cada vez empezó a dedicar más tiempo.

Nacen Los cuatro acuerdos

Pese a sus dudas, Miguel Ruiz logró titularse como médico y ejercer algunos años como cirujano, aunque pasaba cada vez más tiempo visitando sitios arqueológicos y guiando grupos de aprendices.

Fue así como como llegó a la creación de Los cuatro acuerdos, un libro que según sus propias palabras brotó espontáneo, casi de manera natural, pues tan sólo llevó al papel lo que una forma u otra había comenzado a aprender de su abuelo y de su madre desde la más tierna infancia.

"Desde que era pequeño lo escuché de mis padres aunque ellos no le llamaban Los cuatro acuerdos. Cuando dejé la medicina y me puse a estudiar cómo funciona la mente estuve trabajando unos diez años con muchos aprendices a los que llevaba a sitios arqueológicos y les contaba muchas historias que les cambiaban cada vez. Lo hacía para confrontar sus supersticiones hasta que llegaba el punto en que ellos ya no creían. Los cuatro acuerdos nacen de esta experiencia y cuando llega el momento la casa publicadora me ofrece escribir estas enseñanzas y escribir ese libro fue algo muy rápido porque en realidad el libro ya estaba hecho en mi mente. El reto era escribirlo de una forma en que todos lo entendieran, hacerlo muy simple sin importar si lo lee alguien que no terminó la primaria o alguien muy culto", narra Miguel.

El libro se publicó en 1997 y desde entonces ha vendido más de cuatro millones de ejemplares y ha sido traducido a 38 idiomas.

"Los cuatro acuerdos son palabra muerta, es sólo un libro con letras que cobra vida cuando alguien lo lee. Cuando alguien lee el libro le inyectamos vida y esas palabras se van nuestra mente. Son cuatro acuerdos que a pesar de su simplicidad son muy profundos, muy complejos. El libro está vivo en cuanto alguien lo lee y el libro se hizo un clásico", comenta su autor.

Ser impecable con tus palabras, no tomar nada personal, no hacer suposiciones y dar siempre lo máximo posible es un sencillo cuarteto de conceptos que según las palabras de su autor encierran algo mucho más profundo.

"La palabra es el instrumento que utilizas para crear tu propia historia y por eso tienes que ser impecable con tus palabras. Tú eres el artista de tu propia historia, pero sólo para ti es real. Es tu propia historia que tú creas y la que crea cada quien y tú eres el personaje secundario de las historias que han creado quienes te rodean, que no te conocen, por eso el segundo acuerdo es que no tomes las cosas personales y eso te va a dar una inmunidad frente a cualquier ataque o adversidad. No hacer suposiciones es el tercer acuerdo, porque tu conocimiento tiene una voz que nadie escucha más que tú. La voz del conocimiento está hable y hable y no se para, es como un caballo salvaje que no puede domesticarse y a menudo creamos historias increíbles basadas en suposiciones, todo lo suponemos. Esos tres acuerdos están al nivel de la mente", explica Miguel.

"El cuarto acuerdo es otra historia porque ese tiene que ver con la acción, es manifestar lo que tienes en la mente, es cómo manifiestas lo que ya vienes haciendo siempre lo mejor que puedas, pero son acuerdos, no son mandamientos ni leyes y tratas de hacer siempre lo mejor que puedas y a veces te tomas las cosas personalmente y a veces haces suposiciones, pero cada vez lo haces menos y el personaje principal de la historia está cambiando y tomas acciones que antes no tomabas", agrega.

Miguel, José Luis y Leonardo, sus tres hijos, han continuado el camino de vida del padre. El quinto acuerdo es "Sé escéptico, pero aprende a escuchar" y es la columna vertebral del libro que escribió su hijo José Ruiz.

VIDEO: El Quinto acuerdo

"Cuando te vuelves escéptico no le crees ni a la iglesia, ni a los maestros, ni al presidente, pero escuchas todo", afirma Miguel.

Una carrera contra la muerte

El 28 de febrero de 2002 Miguel sufrió un ataque cardíaco masivo que lo mantuvo nueve semanas en coma y al despertar los médicos le dijeron que capacidad cardiaca era del 16%, lo que lo condenaba a una invalidez y que su esperanza de vida difícilmente superaría un año.

"Para mí fue una carrera contra la muerte. Tenía que darles a mis hijos todo lo que había hecho y desde entonces me he enfocado a eso, pero pasó un año, pasaron dos años y yo no me moría, aunque mi cuerpo físico estaba muy debilitado, pero en todo ese tiempo nadie notó que me estaba muriendo. Yo seguía enseñando, llegando a gente a sitios arqueológicos y les dije a mis hijos: miren, yo no voy a sentarme a esperar a la muerte, la muerte me va a encontrar a mí algún día y me va a encontrar haciendo lo que me gusta", cuenta Miguel.

"Ocho años pasaron hasta que decidí que necesitaba un corazón nuevo y apliqué para que me consideraran para un trasplante. Muchos estudios, evaluaciones hasta que en agosto de 2010 me dijeron que estaba aceptado, que era candidato a un trasplante y estaba en la lista de espera. Para entonces ya estaba yo en silla de ruedas", agrega.

Mientras esperaba el trasplante Miguel se fue de gira con sus hijos por el este de Estados Unidos. La noche del 9 de octubre, estando en Austin, recibió una llamada del hospital en Los Ángeles. Tenemos ya tu corazón, pero debes estar aquí en menos de seis horas para iniciar el trasplante. A las cuatro de la mañana Miguel Ruiz viajó a Los Ángeles y al amanecer entró al quirófano. Cinco horas después tenía un corazón nuevo que había pertenecido a una joven de 20 años recientemente fallecida.

Seis meses después de la operación, Miguel pudo ya volar y se fue a la península de Yucatán en donde grabó una serie de videos e incluso se permitió subir las pirámides. Los siguientes cuatro años los pasó viajando por el mundo hasta que su cuerpo le pidió sosiego.

Ahora Miguel de ocasionales conferencias, apoya a sus hijos y recientemente ha estrenado un nuevo libro llamado El arte tolteca de la vida y la muerte el cual podría convertirse en película a la brevedad.

Sin apuro alguno, Miguel sabe que por ahora su única tarea es disfrutar cada nuevo día de su vida, vivirlo hasta donde sea posible como una aventura y motivar a cada persona que se cruza en su camino a que lo ayude a cambiar el mundo, su propio mundo.

VIDEO: Entrevista completa con Don Miguel Ruiz

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