El multipremiado escritor Alejandro Almazán curó su mal de amores en un viaje psicodélico. Probó el LSD en las afueras de Tijuana, luego de haber llegado a la ciudad a cubrir como periodista los altos índices de homicidio producto de la guerra entre cárteles de la droga. Llegó con el corazón roto, pero migrantes centroamericanos, capos de la droga y hasta un chamán improvisado lo recibieron con los brazos abiertos. A partir de hoy, publicará esta historia en San Diego Red. Cada día publicaremos una parte. Esta es la primera.

Parece que o Forsetes e o Sath gostam bastante do Homem de Ferro

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Corazón:

No recuerdo el momento exacto en el que me enamoré de ti pero bien sé que, desde nuestro rompimiento, me enfermé de tiricia, que es cuando el alma se entristece sin medida, y que una de sus dolencias me partió en dos aquel viernes por la tarde cuando pasé por ti a un restaurante de nuestro barrio y tú lucías como siempre hermosa, con música propia, entregada a un vestidito hípster que mataba y que combinaste con una chaqueta de mezclilla y con unos botines sucios color negro. Después de 76 días sin sabernos, volví a prenderte de la mano y te guié hacia una terraza en avenida Reforma para leerte unos papelitos que hablan de ti y que escribí, lo sé, con las palabras que usamos las personas cuando es demasiado tarde para disculparnos, y tan tarde era que no me creíste una sola palabra que afronté sobre el ayer, mucho menos de lo que te propuse para el mañana. Después le marqué por teléfono a mi amigo FR (lo saqué de una comida familiar) y él, todo amoroso, muchísimo más que Calamaro, te cantó eso de Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna, contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna. Cuando FR colgó, o le colgué, te dije que eras mi hogar, mi familia y creo hasta haber fantaseado una historia donde mi perro se planta frente a ti, con la lengua de fuera y su carita dramática y mal parecida, platicándote, con una voz aguardentosa, que te hemos estado buscando como locos entre el ruido, que la hemos pasado vacíos sin ti. A última hora, porque invariablemente llego tarde a todo, incluso a mi propia muerte, te dije Te amo y me arrepentí por no habértelo dicho en el tiempo en que tuve todo el tiempo para pronunciarlo. Luego te ofrecí un anillo y te pedí que te casaras conmigo. Me miraste desconfiada, como se mira a esa gente que está en plan de prometer cualquier cosa, y luego me dijiste: Hace tiempo hubiera aceptado, y lo sabes, pero removí muchos ladrillos de mi cabeza y ahora estoy en otra parte. No sabes, corazón: sentí como si alguien me hubiera disparado desde adentro con una matapolicías. Bien dijo Piglia que uno nunca se queda con la mujer que quiere, sino la vida sería muy fácil. Y si bien dejaste que te abrazara y que te besara, y si bien admitiste que todavía me amabas, también dijiste que tenías que marcharte, que luego me buscabas, que necesitabas tu tiempo y tu espacio, que no entendías el porqué hasta ahora te proponía lo que tanto me habías dicho que nos haría felices, y recalcaste que, en serio, tenías que irte. Mientras te alejabas bajo el chipichipi de agosto y sus relámpagos, alguien subió el switch del fin del mundo adentro de mi cabeza y fue ahí, justo ahí, cuando decidí tomar mucha más distancia entre las ocho calles y entre los veinte años que nos separan. Era tal mi desespero y la urgencia por apartarte de mis piensos que, no te voy a mentir, se me ocurrió tomar un bus rumbo a tu tierra y rogarle a un chamán para que, con el sortilegio de los hongos y del maguey, me ahuyentara la tiricia, te espantara de mi boca y corrigiera mi inadaptación en las relaciones de pareja y de amistad. Luego, ya sin el aire malo, le suplicaría que me enseñara a vivir en la incertidumbre. En esas estaba, amor, cuando el loco que habita en mi cuerpo nos sonsacó a los demás, que habitamos con él en alma, a ejecutar el plan b, un plan que no existía y que, acá entre nos, ha sido más un artificio para justificar la decisión que tomé al salir de terapia y que consiste en comprar una libreta e irme a reportear después de cuatro años de no hacerlo, y reportear, en mi caso, corazón, significa regresar a esa oscuridad que mi terapeuta sugiere que no pise de nuevo porque ahí no sólo perdí parte importante de la empatía, de la compasión, del amor propio y de todo eso, corazón, que tanto insistías que me faltaba; en esa oscuridad, también, le perdí el sentido al amor y al compromiso.

Por eso, después de casi tres horas y media de vuelo, estoy aterrizando en la capital del asesinato en México: Tijuana, a.k.a. TJ. Son las cuatro cuarenta de la tarde, hora del Pacífico, y hoy es el último jueves de agosto de 2018. La estadística tijuanense augura que matarán entre siete y ocho personas en las próximas 24 horas. Hay días que no asesinan a nadie, pero entre sábado y domingo matan a veinte o a treinta y así compensan los asesinatos que faltaron durante la semana y con los que TJ persiste, orgullosa, en el top ten de las ciudades arruinadas por la corrupción y la mafia: mil 555 homicidios en el año y contando. Hasta en las funerarias se han improvisado listas de espera para velar a los difuntos. ¿Y sabes qué es lo peor, amor? Que los heridos, que son como 800 hasta ahorita, tarde o temprano serán asesinados por niños flaquitos como pájaros, enganchados al foco y a las narcoseries, y que son la nueva infantería del narco. El reguero de hombres muertos caminando, como la gente les dice a los heridos, está por toda la franja de barrios pobres, encaramados en los cerros requemados y polvosos del Este que, además, es la franja donde se cocina, se vende y se consume el foco, un mercado del que tres cárteles y la propia policía se creen dueños y ninguno está dispuesto a soltarlo. Tijuana makes me happy. Hoy habrá una máxima de 29 grados centígrados.

Yépez dice que TJ es una piruja de la que puedes decir cualquier cosa y yo he venido hasta acá porque mi dinamitero loco me dijo que en pirujas como éstas olvidé a un tal Alejandro Almazán. Ignoro en dónde o cómo uno se busca entre la basura. Mi amuleto seri podría socorrerme pero no lo empaqué. Tampoco tuve tiempo para tatuarme en el brazo la brújula con la que pretendo recordarme de dónde vengo y hacia dónde voy. Digamos, corazón, que he escogido la peor manera de reportear: no esperar nada para que llegue todo. Te mentí hace rato, cuando nos alcanzamos en el barrio y nos abrazamos y nos besamos y llegamos a un acuerdo, y te mentí porque te dije que mi viaje a TJ era para descubrir historias donde el amor triunfara sobre la violencia, historias que te escribiría en una carta que nunca voy a escribirte. Lo siento. Solo cerré mi maleta y le llamé a JC (Yei Ci), ese tijuanita entrañable que bien conoces y que es mi hermano y que, por lo mismo, luego nos peleamos por pendejadas, como ocurrirá dentro de unos diez días, pero como todavía falta para que eso suceda, te cuento que hacia la noche, cuando la ciudad despierta, JC hará su acto de magia, ese donde es capaz de reunir a la gente más chiflada, y me presentará a Pedro que, igual que yo, se convirtió en alguien que jamás deseó haber sido. Pedro es un joven traficante que, y es aquí, lo siento, amor, donde entras de nuevo, tiene tu edad, el mismo color de ojos y, no te lo vas creer, pero hace unos meses se tatuó un símbolo náhuatl que se compone de dos aspas entrelazadas a un círculo central y que, en muchos casos, se convierte en la imagen de un ojo y que, según la leyenda, es la cara de Tonatiuh, el dios solar. Ese símbolo, caprichos de la vida, significa tu nombre. O sea: mi Narco Polo tijuanense te trae rayada en una mano y lo primero que pienso es que, contigo aquí, nada puede salir mal. Mentira. Lo que pienso te lo diré luego, porque si te digo ahorita arruinaría la historia.

Está claro que no he venido a escribir de TJ, sino a que TJ escriba sobre nosotros y sepas que, por más que mi terapeuta me preparó para el duelo, por más que nadé y corrí, por más que evité quemar mota para no deprimirme, por más que me conformé pensando que con el tiempo te superaría, por más agujas que me encajó la acupunturista y por más que escuché música, porque alguna vez oí a Pasatono Orquesta decir que con la música se rinde la tiricia, ésta nada más no cedía. Entonces sucedió algo, amor, algo que yo llamo la parte tecnicolor de mi viaje: probé el LSD y vi todo con una terrible claridad.

Salí del aeropuerto con una imagen tuya, una que traigo pegada a los párpados y que sucede durante la mañana, mientras te peinas frente al espejo que colgué al lado de nuestra cama y me dices Buenos días, Álex. Es una imagen donde avisto tu ternura y pienso que durante el día no faltará el cabrón que va a pedirte matrimonio. Te quiero, bonita, te digo y tú me miras como siempre me mirabas, de una manera tan sagaz y que fue una de las razones por las que me quedé contigo. Otra fue que no te importaba el dónde, el cuándo ni el cómo, sino estar juntos. Pero quizá la razón más fuerte fue no te asustaba mi pasado ni las leyendas que me cuelgan. Pero te estaba diciendo que salí del aeropuerto con una imagen tuya que no se quita aunque me lave los ojos con manzanilla. Y fue por esa imagen que no le presté atención al muro metálico que hace treinta años construyeron los gringos con los fierros de los portaaviones que emplearon en la guerra del Golfo Pérsico, un muro que, dicho sea de paso, nos restriega que TJ no es Chula Vista ni San Diego, sino el país de los aliens; el lema ese de Aquí empieza la patria es pura pinche arrogancia: somos Lomas Taurinas, adonde vino Colosio y no salió vivo. Por venirte pensando, tampoco reparé en el noticiero de radio donde informaron que unos adolescentes habían asesinado a un obrero, allá por el Florido. No supe en qué momento atravesamos frente al Hipódromo Aguacaliente y el estadio de los Xolos, los monumentos que sobre la ilegalidad levantó Hank Rhon, ese cabrón del que se cuentan más leyendas negras que del Pozolero, el albañil que disolvía gente en ácido. Tampoco me enteré que, en la plaza donde me citó JC, días antes habían asesinado a un tipo cuando salía del gimnasio, y mucho menos alcancé a escuchar la canción de Pearl Jam que venía oyendo en los audífonos, ésa donde dice algo como un día tendrás una hermosa vida, un día serás la estrella de otro cielo, pero por qué no puede ser en el mío. Y no me fijé en absolutamente nada, corazón, porque, ya te lo dije, salí del aeropuerto con una imagen tuya que ni tallándome los ojos se me aparta. Es una que sucede durante la noche, mientras caminamos por el parque Río de Janeiro y nos besamos de una vez y para siempre. Es una imagen en la que no sabes a tierra ni a maguey, como te dije una vez, sino que sabes a sal y a eso, leí en un poema de Sabines, a eso sabe el amor. Es una imagen donde tu piel de leche bronca ilumina la noche cerrada y tu lengua juega con la mía. Es una imagen donde, cuando terminas de besarme, me dices que siempre vas a amarme y yo, que en aquel tiempo no creo que pueda sucederme algo tan hermoso, me asusto. Es una imagen donde llegamos a mi departamento y mi perro mueve la cola al verte: le dices Perrito y él se deja mimar. Es una imagen donde toda tú, o sea, tus dientes de niña, tu mirada donde cabe el perdón, tu IQ ocurrente y luminoso, y tus lunares que forman las constelaciones de Libra, de Leo y de Orión, y donde todo yo, o sea, todo mi cóctel de personalidades, hablamos sobre el pinche bato que te jode en la oficina, sobre la morra ésa que se queda en trance, como si tuviera conexión con la muerte; hablamos sobre el restaurante que descubriste y al que acabarás invitándome para reeducar mi paladar de perro, hablamos sobre la chamarra negra que te regaló tu papá, sobre el texto que escribes para Chilango, sobre los beneficios de la quinoa, sobre el periodismo chayotero y sobre las bestias que creen que por inscribirse a un diplomado ya son periodistas, sobre el desorden que se traen en mi trabajo, sobre tus tenis de Señorita Cometa y así hasta que el sueño sale y nos dormimos. Sigo sin entender cómo fui capaz de decepcionarte.

Continuará.

Parece que o Forsetes e o Sath gostam bastante do Homem de Ferro

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Alejandro Almazán es el escritor de la serie de televisión El Chapo y de los libros La victoria que no fue (2006), Gumaro de Dios, el caníbal (2007), Placa 36 (2009), Entre perros (2009) y Palestina, historias que Dios nunca hubiera escrito (2011) y El más buscado (2012). Ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica. Ha ganado, también, el Premio Nacional Rostros de la Discriminación, el premio que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa, el Fernando Benítez y el Premio García Márquez de Periodismo 2013, el más prestigiado a nivel mundial.

Lee la segunda parte aquí.

Twitter @alexxxalmazan

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