SAN DIEGO.- La comunidad fronteriza recibió un duro golpe tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York, del cual, una década después sigue sin reponerse.
Aquellos que cruzaban para realizar sus compras, ahora la piensan dos veces o dependen del reporte de garitas en la radio.
Padres de familia que tenían a sus hijos en escuelas de San Diego, tuvieron que sacrificar horas de sueño, para poder dejarlos a tiempo.
Comerciantes que transitaban ambos lados de la frontera tuvieron que acostumbrarse a largas filas de espera para mantener su empleo, esto por mencionar algunos de los impactos.
Oscar Preciado, director del proyecto de ampliación de la garita de San Ysidro por parte de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés), todavía recuerda cómo actuó el cruce fronterizo ese trágico día.
El representante de aduanas recuerda como antes del 9/11, era normal que los automovilistas se desesperaran si el tiempo de cruce ascendía a más de una hora. Su forma de demostrarlo, era a través del claxon.
Pero ese día, ante la noticia de los ataques a Nueva York, la "línea" vivió un silencio sepulcral.
"Ese día nadie pitó", recuerda Preciado. "Fue un gesto de solidaridad y respeto con todo el país".
Minutos después del ataque en Nueva York, las garitas cerraron momentáneamente para después retomar operaciones.
Preciado comenta que aquel martes de 2001, llegó la orden desde la capital estadounidense de revisar carro por carro, hecho que derivó en tiempos de espera que ascendieron hasta las tres horas, algo inédito en aquel entonces para la frontera más visitada a nivel mundial.
Ese día fue apenas el inicio del martirio que se avecinaba.
Los tiempos de cruce cambiaron de minutos a horas, tiempo que hoy en día, más de 50 mil vehículos y 25 mil peatones que transitan diariamente en esta frontera, están acostumbrados a esperar.
A consecuencia del 11 de septiembre nació el Departamento de Seguridad Interna, del cual se desprenden agencias como CBP, Patrulla Fronteriza o la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE).
Con ella, cambiaron las políticas de inmigración y el sistema de seguridad en la frontera.
Ahora, la identificación de viajeros es más rigurosa, tanto para ciudadanos norteamericanos como extranjeros.
"Todo cambió, nos vimos obligados a realizar revisiones diferentes y pedir documentos de manera más estricta", reconoce Preciado. "Antes recuerdo que muchas personas cruzaban con tal sólo identificarse como ciudadanos norteamericanos, ahora no es así", añadió.
El incremento en la espera se vio reflejado en el declive del tránsito fronterizo.
De acuerdo a información de CBP, en el año fiscal de 2001/02 cruzaron 33 millones 549 mil 345 vehículos y para 2010, esa cifra bajó hasta 24 millones 72 mil 396 unidades.
Por el lado peatonal, se presentó un declive de 42 millones 265 mil 83 personas a 30 millones 728 mil 307 en el mismo periodo de tiempo.
"En aquel entonces, las largas filas de peatones eran inexistentes", comentó Cindy Gompper-Graves, directora del Consejo de Desarrollo Económico del Sur del Condado (SCEDC).
La directiva y una de las principales promotoras de agilizar el cruce fronterizo en beneficio del desarrollo de ambos lados de la frontera, adjudicó ese cambio a una falta de voluntad
política que ahora responde a cuestiones de seguridad nacional.
"Aumentaron los tiempos pero nunca se pensó en tecnología que lo agilizara".
La economía regional sufrió un fuerte golpe. De acuerdo a un estudio de la Asociación de Gobiernos de San Diego (Sandag), cada año, esta zona fronteriza pierde más de 6 mil millones de dólares y 60 mil empleos a consecuencia de los largos tiempos de cruce.
"El turismo ya no es el mismo, ya viene menos, bajaron mucho las ventas", señaló la señora Aida Sánchez de 45 años, quién vende churros en la garita de San Ysidro desde hace más de una década.
Familias locales también se vieron perjudicadas.
Heber Segovia, comerciante en un negocio ubicado en la garita de San Ysidro, cuenta cómo desde ese día, las cosas en su familia cambiaron radicalmente.
Antes de ese día, su hermano, un residente indocumentado en Tennessee, iba a visitarlos muy seguido a su casa, en aquel entonces en el Estado de Jalisco.
Después de los atentados, la historia no volvió a ser la misma.
"Desde entonces ya no volvió a venir, por las leyes tan duras y por el cruce tan duro, las cosas son más difíciles que antes", comenta Segovia.
El comerciante recuerda con nostalgia como desde esa época no ha vuelto a ver a su hermano más que en fotografías o videos.
Para Roberto Arce, fotógrafo y arquitecto de Tijuana, el 11 de septiembre lo alejó de su padre.
Entrevistado en el cruce fronterizo, el tijuanense comenta que su papá, quién cruzaba todos los días por cuestiones de trabajo, ahora debe salir con tres horas de anticipación para llegar a tiempo a su empleo.
"Ya no puede convivir con la familia como antes", cuenta.
Inclusive, su padre se vio obligado a irse a vivir a San Diego, para evitar la fatiga del cruce, y ahora, les manda dinero para sus gastos desde allá.
A una década de los atentados, autoridades de inmigración se encuentran trabajando en la transformación de la garita de San Ysidro, para aumentar las líneas de entrada de 24 a 62 carriles y de esta forma, lidiar con el tráfico binacional.
El proyecto está contemplado para terminar en 2016, aunque la falta de recursos federales podría aplazarlo todavía más.
alexandra.mendoza@sandiegored.com