Es el cuarto año que Borders Angels ayudan a que unas cuantas familias puedan volver a abrazarse. En esta ocasión han sido dos veces en el año que han abierto la puerta en el muro que separa Tijuana y San Diego por Playas.
Enrique Morones, dirigente de la asociación binacional, dice que el plan es que "el año que entra que se haga tres veces, eventualmente cada mes y eventualmente cada fin de semana".

Decenas de cámaras enfocaban al hombre de camiseta con un estampado de donitas, Eduardo. Miraba directo hacia una valla de acero donde apenas se pueden apreciar sombras de quienes están al otro lado. La puerta necesitó ser abierta por dos agentes fronterizos, cuando ya no necesitó ajustar su vista para encontrar las caras de sus hijos, a los que deseaba no soltar, a pesar de que sabía que tenía los minutos contados.

Esta ocasión fueron seis familias las que se reencontraron a la mitad de la frontera, aprovechando los tres o cuatro minutos que se les permitieron para atravesar una línea imaginaria que es ilegal cruzarla sin papeles membretados.
El caso de Eduardo es uno de cientos, sino es que de miles. Mexicano, deportado, separado de su familia, la que se quedó allá en el "otro lado". Pero Eduardo siente que es un día especial, ya que adelantó el regalo de cumpleaños a uno de sus hijos, el que cumple 26, y que a pesar de que todos los días hablan, no podía darle un abrazo desde hace cinco años.
"No vamos a dejar que nadie nos siga atacando. Si queremos abrazarnos nos vamos a abrazar", dijo Morones refiriéndose a las políticas del nuevo presidente electo de Estados Unidos. Mientras que Eduardo, viendo a través de la valla, sólo piensa que lo mejor es "estar positivo, hay que tener fe a lo que venga".
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