Durante casi catorce mil millones de años el universo funcionó sin sorpresas. La gravedad ordenó las galaxias, las estrellas nacieron y se apagaron, los planetas se formaron y la materia obedeció las mismas leyes sin desviarse un instante.
Hasta que, en un planeta menor de un brazo cualquiera de la Vía Láctea, esa materia empezó a comportarse de un modo nuevo. Primero apareció la vida. Luego, tras millones de años de prueba y error, surgió una especie capaz de algo que ninguna otra había hecho: preguntarse por su propia existencia.
A esa capacidad la llamamos conciencia.
Me atrevo a decir que es lo más extraño que ha producido el cosmos. No porque rompa las leyes de la física —no las rompe—, sino porque permite entenderlas, usarlas y convertirlas en herramientas para cambiar la realidad. Dicho de otro modo: la conciencia encontró la manera de hackear al universo.
La palabra “hackear” suena a computadoras, pero su sentido es más viejo y más amplio. Hackear es descubrir cómo funciona un sistema y usar sus propias reglas para lograr algo que parecía fuera de alcance. Eso es, exactamente, lo que ha hecho nuestra especie.
Durante miles de generaciones miramos el fuego antes de aprender a encenderlo. Después vinieron la siembra, la domesticación, las ciudades, las matemáticas, la electricidad, el código genético, los viajes al espacio. Cada salto fue lo mismo: una nueva lectura de las reglas del juego. No modificamos la gravedad; aprendimos a aprovecharla. No derogamos la termodinámica; le construimos motores encima. No cambiamos las propiedades de la materia; descubrimos cómo reordenarla. La historia de la civilización es, vista así, una larga serie de hackeos afortunados sobre la naturaleza.
Lo notable es que somos los únicos que lo hemos llevado tan lejos. Y aquí conviene ser honesto, porque es fácil exagerar: no somos la única especie con cultura. Los chimpancés heredan técnicas para usar herramientas, las orcas transmiten cantos, lloran a sus muertos, se dan nombre y socializan con el ser humano, ciertos pájaros aprenden dialectos de sus mayores. Lo que nos distingue no es tener cultura, sino acumularla. El psicólogo Michael Tomasello lo llama el “efecto trinquete”: cada generación no parte de cero, sino que se sube sobre lo que dejó la anterior y añade un peldaño. Un descubrimiento de hace tres mil años todavía nos sirve. Las matemáticas de los babilonios siguen volando dentro de los satélites. El conocimiento dejó de morir con las personas.
Por primera vez en el planeta apareció una evolución que no depende del ADN, sino de la información que se hereda fuera del cuerpo.
¿Y por qué nosotros? La inteligencia, sola, no alcanza para explicarlo. Ayudaron el lenguaje, el pensamiento abstracto, la cooperación a gran escala y la capacidad de imaginar futuros que todavía no existen. Pero hubo un cómplice que solemos olvidar: las manos. El cerebro imaginaba herramientas y las manos las fabricaban; la mente proponía y el cuerpo materializaba. Cada herramienta abría ideas nuevas, y cada idea pedía herramientas nuevas. Ese bucle entre pensar y hacer es, probablemente, el motor más poderoso de nuestra historia.
Hoy estamos en uno de esos puntos de inflexión, comparable al fuego o a la agricultura. La inteligencia artificial, la neurotecnología y la biotecnología están ampliando lo que un ser humano puede hacer a una velocidad que hace treinta años habríamos llamado ciencia ficción. Editamos genes. Conectamos cerebros con máquinas. Procesamos en segundos información que antes tomaba siglos. Y por primera vez la especie no solo transforma su entorno: empieza a transformarse a sí misma. Ahí está el verdadero salto, y también el verdadero riesgo.
Queda una pregunta que la ciencia aún no cierra: ¿la conciencia es un accidente afortunado de la evolución o una etapa casi inevitable en un universo lo bastante complejo? No lo sabemos. Pero hay un hecho que no admite discusión: gracias a ella, una porción minúscula del cosmos aprendió a observar al cosmos entero. Los átomos que se forjaron dentro de estrellas muertas hace miles de millones de años hoy forman cerebros que estudian galaxias a millones de años luz. Como decía Carl Sagan, estamos hechos de polvo de estrellas; lo asombroso es que ese polvo aprendió a mirarse a sí mismo.
Por eso casi todas las tradiciones humanas —de Prometeo robando el fuego al árbol del conocimiento— intuyeron lo mismo: saber transforma. No nos vuelve dioses; corre la frontera de lo posible. Lo que una generación jura imposible suele ser rutina para la siguiente. Volar lo era. Pisar la Luna lo era. Leer el genoma lo era. La inteligencia artificial lo era. Y aun así ocurrió.
Quizá el futuro consista en seguir ese mismo oficio: no desafiar las leyes del universo, sino entenderlas mejor; no someter a la naturaleza como conquistadores, sino colaborar con ella como arquitectos conscientes. Y aquí hago la pregunta que me importa como mexicano y como ciudadano de esta frontera: en esta nueva ronda de hackeos —la de la IA y la neurotecnología— ¿vamos a ser de los que escriben las reglas o de los que las padecen? Esa decisión no la toman las máquinas. La tomamos nosotros.
La conciencia no es una anomalía ajena al universo. Es el universo volviéndose capaz de pensarse. Y mientras quede curiosidad, la humanidad seguirá haciendo lo que hace desde el principio: encontrar reglas nuevas, abrir posibilidades nuevas y empujar, un peldaño más, la frontera de lo posible.
La civilización, al final, cabe en una sola frase: la conciencia hackeó al universo.
Sobre el autor
Michel Martínez Esparza es economista por la Universidad del Valle de México, MBA por la Universidad Politécnica de Madrid y PhD Business & Economics por Solvay Brussels School. Cuenta con más de 25 años de experiencia en estrategia empresarial, innovación, transformación digital y desarrollo de modelos de negocio.
Es fundador de Hub Center y promotor de iniciativas enfocadas en emprendimiento, inteligencia artificial, neurociencias aplicadas, liderazgo y desarrollo económico. Su trabajo integra pensamiento sistémico, tecnología, comportamiento humano e innovación para impulsar organizaciones y comunidades más competitivas y sostenibles, ha sido distinguido como Ciudadano Distinguido de la Ciudad de Ensenada en 2017, Juchimán de Plata 2009.
Actualmente desarrolla proyectos relacionados con neurotecnología, educación ejecutiva, inteligencia artificial y la comunidad Ciudadano 5.0, enfocado en la construcción de una sociedad más consciente en tecnológica, innovadora, ética y centrada en el ser humano. Publica semanalmente sobre tecnología, economía, ciencia, liderazgo y el futuro de la sociedad.
