Un abrazo, Tatíc, donde quiera que estés.
Quince años ya.
Quince años desde que tu cuerpo dejó esta tierra, pero no tu palabra.
Esa sigue aquí, caminando entre los pueblos, esquivando los discursos oficiales que ahora te elogian porque ya no estás para desmentirlos.
Porque así son los de arriba:
en vida te acusaron de agitador, de hereje, de instigador de rebeldías ajenas.
Y en muerte, te convierten en estampita.
La hipocresía también tiene liturgia.
Si de veras quisieran honrarte, no harían misas ni homenajes con alfombra roja.
Harían algo más sencillo y más peligroso para ellos:
cumplir los Acuerdos de San Andrés.
No reinterpretarlos.
No archivarlos.
No usarlos como souvenir de museo.
Cumplirlos.
Convertirlos en ley, en política de Estado, en realidad viva.
Eso que tanto miedo les da cuando la dignidad indígena exige su lugar.

Porque esos acuerdos no nacieron de la buena voluntad del gobierno, sino de la terquedad de un pueblo que dijo “Ya basta” y de un obispo que decidió escuchar en vez de pontificar.
Tú, Tatíc, fuiste puente cuando todos querían muros.
Fuiste oído cuando todos querían micrófonos.
Fuiste palabra cuando todos querían consignas.
El vuelo que casi nos baja del calendario
A veces regreso a aquel octubre de 1995.
Conai y Cocopa rumbo a Guadalupe Tepeyac.
Dos helicópteros.
En el de adelante íbamos tú, José Narro, don Luis Álvarez, Heberto Castillo y yo.
A mitad del vuelo, un golpe brutal.
Un ave enorme contra los rotores.
El helicóptero tembló como si la selva nos hubiera jalado del aire para recordarnos que la vida es prestada y que la muerte, cuando quiere, no avisa.
Cuando el piloto logró estabilizar la nave, te dijimos —medio en broma, medio en serio— que tu presencia nos había salvado.
Tú sólo sonreíste.
Esa sonrisa que calmaba tormentas y desarmaba soberbias.

Y sí, Tatíc, aquí entre nos:
yo no fumo, pero en aquellos días le conseguía al Sub un tabaco para la pipa que encontraba en San Diego.
Toasted Cavendish, creo que se llamaba.
Nunca me lo pidió.
Pero uno aprende a leer silencios, a interpretar humos, a entender que hay gestos que no necesitan palabras.
El Sub encendía la pipa.
Tú escuchabas.
Y nosotros aprendíamos.
La Cocopa bajo sospecha
La Cocopa nació bajo el signo de la desconfianza.
Zedillo la propuso y muchos pensaron que era un intento de quitar del camino a la Conai.
Pero quienes estuvimos ahí entendimos pronto que no había competencia, sino complementariedad.
Y que tu figura era brújula, no obstáculo.

En cada paso del proceso aparecía una provocación nueva.
Y aun así, pese a la molestia que tu presencia generaba entre los poderosos, tu palabra permitió avanzar hasta lograr el primer acuerdo: Derechos y Cultura Indígena.
Ese que hoy, quince años después de tu partida, sigue esperando que el Estado cumpla su parte.
Las mentiras de antes, las de ahora, las de siempre
Desde los sillones de piel y las oficinas con aire acondicionado se difundió la mentira de que tú estabas detrás del levantamiento zapatista.
Quince años después, algunos siguen repitiendo esa historia porque es más fácil culpar a un obispo que mirar de frente la pobreza que ellos mismos producen.
Nunca entendieron —ni entenderán— que las rebeliones no las provocan los curas, sino el hambre.
La miseria.
El olvido.
La desesperanza que cala hasta el hueso.
Hoy, en 2026, México sigue debatiéndose entre la retórica del cambio y la persistencia del abandono.
Los pueblos indígenas siguen exigiendo lo mismo que exigían cuando tú caminabas entre ellos:
tierra, respeto, autonomía, justicia.
Y aunque algunos avances han llegado, la deuda histórica sigue intacta.
El Estado sigue debiendo.
Y los pueblos siguen cobrando.
Tatíc

El cariño que los pueblos te tuvieron —y te tienen— no nació de discursos, sino de tu manera de caminar.
Despacio.
Escuchando.
Sin prisa.
Sin miedo.
Sin pedir permiso.
Ese compromiso marcó tu vida y la de miles de comunidades.
Por eso tu ausencia pesa.
Por eso tu nombre sigue caminando.
Por eso, quince años después, seguimos hablando de ti como si apenas hubieras salido a visitar un ejido más.
Un abrazo, Tatíc, donde quiera que estés.
Aquí seguimos.
Aquí seguimos caminando.
Aquí seguimos resistiendo.
Y sí: todavía recuerdo el aroma del Toasted Cavendish, como quien guarda un secreto compartido en la selva.