OPINIÓN | Lupe Chávez: hermano, pelotero, compañero de camino

OPINIÓN | Lupe Chávez: hermano, pelotero, compañero de camino

Lupe nació con el beisbol en la sangre. Pero lo que lo distinguió no fue el talento —que lo tenía de sobra—, sino la disciplina.

Por San Diego Red el enero 28, 2026

Dicen que hay hombres que nacen para jugar beisbol.
Y dicen también que hay hombres que nacen para encender la vida de los demás.
José Guadalupe Chávez Baeza —para todos, simplemente Lupe Chávez— fue ambas cosas.
Un pelotero de raza y un ser humano de corazón ancho.
Un hombre que dignificó el diamante y que honró la amistad como si fuera un territorio sagrado.

Arquitectura, 1983: cuando el destino tocó la puerta

Corría 1983 y la Escuela de Arquitectura vivía un tiempo de cambios profundos.
En lo académico, en lo político, en lo deportivo.
El beisbol, como siempre, era un espejo de lo que éramos: pasión, desorden, sueños, ganas de pelear por algo más grande que nosotros.

Un día, un grupo de estudiantes del turno nocturno —Tomás Orta, Jesús Calzontzin, José Castillo, Efraín Bazaldúa y varios más—me citaron con solemnidad.

—Director, necesitamos hablar de algo importante—, dijeron.

Y lo importante era esto: querían que la leyenda viva de los Saraperos de Saltillo, el gran shortstop José Guadalupe Chávez Baeza, Lupe Chávez, se convirtiera en el entrenador del equipo de Arquitectura.

El entusiasmo de aquellos muchachos era tan grande que no dejaba espacio para la duda.
Pedí cita con el rector.
El rector dio la instrucción.
Y así, como quien abre una puerta para que entre la luz, Lupe Chávez llegó a Arquitectura.

El hombre que llegó prendiendo lumbre

Como dicen en el barrio, Lupe llegó prendiendo lumbre.
Con disciplina, con alegría, con carácter.
Y más temprano que tarde, el equipo de Arquitectura —ese equipo de estudiantes, trabajadores, soñadores— se convirtió en campeón del torneo universitario.

No fue solo un triunfo deportivo.
Fue un acto de identidad.
Una declaración de que la hermandad también se construye con guantes, bats y sudor.

Ese campeonato fue el inicio de algo más grande:
una amistad que no se rompió con los años,
una hermandad que sobrevivió a la distancia,
un lazo que se renovaba cada vez que nos reuníamos a recordar, a reír, a brindar por lo vivido.

Lupe: el pelotero que jugaba con el alma

Lupe nació con el beisbol en la sangre.
Pero lo que lo distinguió no fue el talento —que lo tenía de sobra—, sino la disciplina.
Era de los que llegaban temprano, de los que entrenaban más que nadie, de los que se quedaban después afinando el swing, corrigiendo un detalle, puliendo un movimiento.

En el campo era inteligencia pura:
sabía leer el juego, anticipar la jugada, sentir el ritmo del partido.
Era fuerte, técnico, valiente.
Pero, sobre todo, era un compañero ejemplar.

Levantaba al equipo cuando las cosas iban mal.
Celebraba el éxito ajeno como propio.
Sabía que el beisbol es un deporte de conjunto y que la grandeza se construye entre todos.

El hombre fuera del diamante

Fuera del campo, Lupe era otra clase de grandeza.
Noble.
Cercano.
Generoso.

Tenía ese don que solo poseen los hombres verdaderos:
hacía sentir importantes a los demás.
Escuchaba.
Acompañaba.
Aconsejaba.
Era amigo de verdad, de esos que no se encuentran dos veces en la vida.

Para su familia, para sus compañeros, para quienes compartimos con él un dugout, una comida, una charla o un viaje, Lupe fue un referente de lealtad y humanidad.

Para la comunidad beisbolera, fue un símbolo:
un jugador que honró el uniforme, que respetó el juego, que dejó un ejemplo que no se borra.

Las reuniones, los años, la hermandad

Cada vez que podíamos, nos reuníamos quienes habíamos construido aquel equipo inolvidable.
Algunos ya se habían adelantado en este viaje que se llama vida.
Pero cuando nos reencontramos hace poco en casa de Jesús Recio, ahí estaba él:
en primera fila, con esa sonrisa franca, con esa presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo.

Era como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si la hermandad siguiera intacta.

El último viaje de un hermano del alma

Hoy que me entero de que nuestro querido Lupe Chávez se nos adelantó en este último viaje, siento que algo en mí se rompe y se acomoda al mismo tiempo.
Porque duele su ausencia, pero consuela haberlo conocido.

Le doy gracias a la vida por haberme permitido caminar a su lado.
Por su generosidad.
Por su compañerismo.
Por su don de gentes.
Por su caballerosidad.
Por su respeto hacia sus amigos y hacia la sociedad entera.

Lupe Chávez ya no está en el campo.
Pero su nombre seguirá resonando en cada historia que contemos,
en cada juego donde alguien recuerde su entrega,
en cada joven que aspire a jugar con la misma dignidad con la que él jugó.

Porque hay jugadores que pasan.
Y hay jugadores que se quedan.

Lupe es de los que se quedan.

Hasta siempre, Lupe.
Hasta siempre, hermano del alma.

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