OPINIÓN | Bonilla, el republicano encapuchado

OPINIÓN | Bonilla, el republicano encapuchado

En la política mexicana, la soberanía es como un chicle mascado: se estira cuando conviene, se encoge cuando incomoda y, si hace falta, se pega debajo de la mesa para fingir que nunca existió.

Por Arq Jaime Martínez Veloz el marzo 28, 2026

La soberanía que se rinde cuando el aliado juega en los Casinos de California

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

Cuentan los guardianes de la patria —esos que ondean la bandera como si fuera abanico para espantar culpas— que la soberanía es sagrada. Que no se toca. Que no se negocia. Que no se cruza la frontera para pedirle al vecino del norte que meta la nariz en los asuntos de la casa. Eso dicen. Y lo dicen con el pecho inflado, la voz grave y la mano en el corazón… o en lo que queda de él.

Pero en la política mexicana, la soberanía es como un chicle mascado: se estira cuando conviene, se encoge cuando incomoda y, si hace falta, se pega debajo de la mesa para fingir que nunca existió.

Y ahí aparece Jaime Bonilla Valdez, caminando entre las sombras como quien sabe que la luz no le favorece. Exgobernador, exsenador, exdiputado federal, expresidente estatal de Morena, hoy comisionado estatal del PT. Y también —según los registros electorales de California— militante activo del Partido Republicano, reafiliado en marzo de 2025.

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Sí, ese Partido Republicano. Sí, el de Donald Trump. Sí, el mismo que sirve de espantapájaros en cada discurso del oficialismo.

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Mientras los voceros de Morena gritan que la oposición “trabaja para Trump”, Bonilla vota en elecciones estadounidenses.

Mientras acusan a otros de “alinearse con la agenda republicana”, Bonilla registra comités de campaña en California.

Y entonces la palabra “traición” empieza a sonar como chiste contado por un político en campaña: largo, torpe y sin gracia.

Porque si la soberanía fuera realmente un principio, Morena tendría que explicar por qué uno de sus aliados más visibles participa activamente en el partido de Donald Trump.

Tendría que explicar por qué se acusa a la oposición de “hacerle el juego al republicano”, mientras un comisionado estatal del PT milita en ese mismo partido.

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Pero no lo explican. No lo mencionan. No lo tocan. La soberanía, al parecer, es un concepto VIP: solo se aplica a los de afuera.

El caso Bonilla es un espejo que nadie quiere mirar. Un espejo que devuelve una imagen incómoda: la de un movimiento que denuncia en otros lo que calla en los suyos. La de un discurso que se deshace cuando se enfrenta a los hechos. La de una soberanía que se vuelve selectiva, elástica, utilitaria.

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No se trata de ilegalidad. Estados Unidos permite la doble militancia. México no prohíbe afiliarse a un partido extranjero.

Pero sí se trata de coherencia.

Y la coherencia, en la política mexicana, es como el Subcomandante en los noventa: aparece cuando quiere, desaparece cuando conviene y siempre deja pensando a los que escuchan.

Mientras Morena siga acusando a la oposición de “trabajar para Trump”, el caso Bonilla seguirá ahí, como un gallo que canta a deshoras para recordar que algo no cuadra.

Que la congruencia no se declama: se practica. Que la soberanía no se defiende con discursos: se sostiene con hechos. Y que, en este caso, los hechos llevan botas texanas, votan en California y militan en el partido del enemigo favorito del oficialismo.

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Pero no pasa nada.
La soberanía, ya lo sabemos, es flexible.
Sobre todo cuando el aliado trae credencial republicana y el silencio es más útil que la verdad.

Video: Noticias Nacional Mx

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no representan ni parcial ni totalmente la opinión de SanDiegoRed.

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