Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
Ayer, en Tijuana, se me murió un amigo.
Y desde entonces traigo la sensación de que algo en la frontera quedó en silencio, como si una de esas voces que sostienen el mundo hubiera decidido guardar sus palabras para otro territorio.
A Praxedis Padilla lo conocí hace muchos años, cuando todavía creíamos que la ley podía ser una especie de brújula y no un arma. Él caminaba así: con la serenidad de quien sabe que la justicia no es un discurso, sino una forma de respirar.
Dicen que le decían “el Caballero del Derecho”. Yo siempre pensé que ese título le quedaba corto. Porque no era sólo un abogado recto, ni un maestro exigente, ni un político que supo no ensuciarse.

Era sobre todo, un hombre que entendía que la dignidad no se presume: se practica. Lo vi muchas veces revisar un expediente como quien revisa un mapa para no perderse.
Lo escuché explicar un artículo de ley como si estuviera contando una historia antigua que había que cuidar para que no se deformara.
Y lo vi enseñar ética —esa palabra tan maltratada— con la misma firmeza con la que otros enseñan a defenderse. En Baja California dejó generaciones enteras formadas en esa escuela suya: la de la decencia, la del rigor, la del respeto por la palabra.
Y eso, en estos tiempos, es casi un acto insurgente.Ayer, cuando me avisaron que se había ido, me quedé un rato mirando el horizonte, ese que en Tijuana siempre parece estar a punto de romperse.
Pensé en él caminando por esas calles, con su paso tranquilo, con su mirada que sabía distinguir entre el ruido y lo importante.
Y pensé también en esa frase que dicen los viejos del desierto: que hay hombres que no mueren, nomas cambian de trinchera.
Así lo imagino ahora: sentado en algún campamento del más allá, revisando papeles, corrigiendo comas, explicándole a la muerte —con su calma de siempre— que incluso ella debe actuar dentro del marco legal.

Yo lo despido desde acá, desde mi propia trinchera, con la gratitud de quien tuvo la suerte de cruzarse con él. Con el respeto que se le guarda a los hombres que honran su oficio. Con esa mezcla de tristeza y orgullo que dejan los amigos verdaderos cuando se van.
Porque sí, se murió Praxedis. Pero su manera de caminar sigue aquí, como una huella que no borra ni el viento de la frontera ni el olvido de los días. Y mientras escribo esto, siento que su voz —esa voz firme, pausada— todavía me acompaña, como si me dijera que la ley, la ética y la palabra siguen siendo territorios que vale la pena defender.
Hasta Siempre mi Querido Maestro Praxedis Padilla!
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no representan ni parcial ni totalmente la opinión de SanDiegoRed.