Estoy a favor de la expropiación del Club Campestre de Tijuana. No es la primera vez que lo digo públicamente. Este es mi argumento:
Su campo de golf se encuentra en el corazón de Tijuana. Está en una zona privilegiada, sobre el boulevard Agua Caliente y a la altura del exclusivo Fraccionamiento Chapultepec. En ese cuadro hay tres grandes predios:
1.- El ex Toreo de Tijuana, predio propiedad de Alberto Bailleres, el oligarca dueño de Grupo Bal, el cual incluye las minas Peñoles, Palacio de Hierro, GNP, el ITAM y muchos terrenos ociosos por toda la república mexicana. Es el segundo hombre más rico de México y se desconoce si alguna vez ha venido a Tijuana.
2.- El Hipódromo Caliente, ahí está el estadio de los Xolos de Tijuana, el galgódromo, el mega exclusivo Fraccionamiento Puerta de Hierro y la hacienda personal de Jorge Hank Rhon. Sobra decir que son terrenos federales que fueron apropiados por el magnate de las apuestas.
3.- El Club Campestre, el cual cuenta, entre sus instalaciones, con un inmenso campo de golf y un edificio con salón de eventos, restaurante y más. Sus dueños son aproximadamente 800 socios. Tijuana tiene casi 3 millones de habitantes.
En todo ese gran cuadro de la ciudad, como vemos, hay tres grandes predios. Lo que no hay es un solo espacio público ni de mediana calidad. Cero. Nada. A pesar de que por ley cada fraccionamiento, colonia o sección residencial debe contar con un mínimo de áreas verdes, Tijuana tiene la desgraciada cantidad de 1.15m2 de áreas verdes por persona, cuando ONU Hábitat sugiere que tengamos alrededor de 10m2 por persona. San Diego tiene 11m2 y Monterrey tiene aproximadamente 50m2. El problema de Tijuana es que no tiene espacios públicos ni aunque se trate de planchas de inertes de cemento. La necesidad, pues, no es caprichosa sino un asunto vital.
En Ciudad de México las expropiaciones han sido una constante. Tanto la fundación de hermosos e inmensos parques como la construcción de los ejes viales y el metro, arterias sin las que no se explica el funcionamiento de una metrópolis de ese tamaño, sucedieron tras sendas expropiaciones.
El proyecto actual del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, probablemente defendido por muchas de las personas opuestas a expropiar un metro cuadrado de Tijuana, también trae a cuestas expropiaciones de calles, casas y hasta fragmentos de colonias de Ecatepec y otros municipios. Ya no hablemos de la construcción de ciudades como París o Londres, las cuales existen tal y como las conocemos gracias a obras de urbanización más ambiciosas y agresivas de lo que aquí siquiera podemos imaginar.
La propuesta hecha por el movimiento República de Baja California fue recibida con una mezcla de apoyo y rechazo furioso. “Es propiedad privada”, claman algunos. Por supuesto, de hecho solo la propiedad privada puede ser expropiada. El Estado no tiene necesidad de expropiar propiedad pública.
Existe una Ley de Expropiación en la cual se señalan las causas de utilidad pública que validan una expropiación. Entre ellas se encuentran, a propósito del tema de marras: I. El establecimiento, explotación o conservación de un servicio público (la creación de espacios públicos es un servicio público) y II. El embellecimiento, ampliación y saneamiento de las poblaciones y puertos, la construcción de hospitales, escuelas, parques, jardines, campos deportivos o de aterrizaje, construcciones de oficinas para el Gobierno Federal y de cualquier obra destinada a prestar servicios de beneficio colectivo.
¿No sería un lugar mucho más atractivo para vivir e invertir si tuviésemos espacios públicos, parques, espacios de uso mixto? Ahí donde se pudiera caminar, pararse a comprar, sentarse a leer o simplemente pasar y contemplar. Una ciudad más limpia, más bonita, más segura, donde la relación entre los tijuanenses sea cara a cara y no carro a carro compitiendo por ganar el próximo semáforo.
El debate no es, pues, si un predio es propiedad privada o no, sino si hay utilidad pública y si es el espacio idóneo. Dada la situación en la que se encuentra Tijuana en la que impera una ruptura absoluta del tejido social, la confianza, la solidaridad y el esparcimiento más allá de encontrarnos en sus bares del Centro, quizá lo que falte sean medidas mucho más agresivas para construir ciudad, sociedad y cohesión. No un predio sino varios. No solo ahí sino voltear hacia el Este, rehabilitar espacios ya propiedad del municipio y, si es necesario, llevar labores de expropiación y reubicación para construir vialidades, transporte público, servicios y vivienda de mejor calidad.
No es saña contra el Campestre. Entiendo y respeto que sea orgullo de sus cientos de miembros. Tampoco es rencor social contra Bailleres o Jorge Hank. Evidentemente tampoco estoy tomando en cuenta las implicaciones políticas y sociales de medidas que esto implica. Se trata de replantearnos qué tipo de sociedad queremos ser, la de uno o unos, o la de todas y todos.
Tijuana merece y necesita (urgentemente) que nos atrevamos a discutir y a imaginar más allá de qué empresa de transporte nos va a hacer la vida más o menos difícil.
César es licenciado en Historia por la UABC. Es consultor y analista político. Fue director editorial y miembro fundador de las revistas digitales Binomio 1+4 y Cuadrilátero. Ha participado en diversas campañas políticas en diferentes regiones del país y ha sido asesor en el Senado de la República. Además de ser uno de los creadores de La Tanqueta TV, César trabaja como Consultor Senior en la Ciudad de México.
Twitter: @cesarfaz