Con el corazón casi sanado, Alejandro continúa con su investigación y llega a un lugar donde se esconden historias espantosas.

Lee la primera parteaquí.

Posdata:
Después de 40 horas de insomnio pude dormir. Desperté un lunes o un martes o un miércoles, pasado medio día y, lejos de lo que yo imaginaba (amanecer carcomido por la tiricia), sentía una paz inaudita. Flotaba, corazón. Juro que hasta hubiera podido caminar sobre el agua. El actor Cary Grant dijo después de consumir LSD: Siento que ahora me comprendo a mí mismo, antes no era así, y al no comprenderme a mí mismo, cómo iba a comprender a los demás; he vuelto a nacer. Yo no puedo asegurarte que haya salido de otra placenta, amor, pero esa noche en Tecate decidí que volvería a empezar, con o sin ti.

Posdata de la primera posdata:
Casi no recuerdo cómo sucedieron las cosas, corazón, pero en esas 40 horas de insomnio, además de recuperar el pasaporte/visa de JC, además de abordar un Uber que nos regresó a TJ y nos cobró como si ganáramos en dólares, además de despatarrarnos en la sala de JC y mirar cuatro episodios de Better Call Saul, además de leer a algunos poemas de Los perros románticos (En el camino de los perros mi alma encontró/a mi corazón. Destrozado, pero vivo,/sucio, mal vestido y lleno de amor). Además de curárnosla con aguachile y pistear en La Estrella y tocar en la rocola a José José con eso de Pero me hiciste tuyo, tuyo nada más; además de fumarnos los cinco, seis gramos de mota que nos regaló Pedro, además de hablar con un compositor de narcocorridos sobre un sicario al que le dicen el Matacantantes, además de todo eso, corazón, en esas 40 horas volví a ver al Meño en el bar Nelson y me regaló el abrazo más entrañable que he recibido desde que tú no estás. Si la tiricia se me notaba a dos calles, mi sosiego se apreciaba hasta el Balboa Park de San Diego.

Hacia el amanecer de no sé qué día, JC y yo nos detuvimos sobre la Revo, esquina la Cuarta, y comimos un chingo burritos como si hubiéramos bajado del espacio. Apenas terminamos, un sueño inhumano me agarró de las orejas y le avisé a JC que estaba por quedarme en modo avión, que tomáramos un taxi hacia el departamento, pero ¿no te acuerdas que no tenemos las llaves, locochón?, hay que dormir por aquí. Cuando desperté los sentidos seguían aguzados: veía la luz del día como si fuera una centella, distinguía las desiguales texturas de las sábanas, escuchaba cualquier ruido que se oía a la redonda y también traía olfato de perro de la DEA. Y fue justo por lo que escuché y por lo que olí que me acordé que habíamos dormido en un hotel de putas. Desperté a JC, que roncaba como seguro yo lo había hecho, y sin aspavientos, hasta eso, le dije: Fuga, carnal, me curé de la tiricia pero de aquí, hasta tú sales con escabiosis.

SanDiegoRed.com es un portal de noticias locales, cuya redacción en TJ debe medir, a lo mucho, unos 25 metros cuadrados. Está en la colonia Cacho y, como en cualquier medio, el dinero y el personal son insuficientes. JC es el editor y los cinco, seis reporteros con los que trabaja son chicos más o menos de tu edad, corazón, con chingos de ganas de aprender. Estoy seguro de que sólo a JP (Jey Pi) y a K les di confianza. Para el resto, y motivos les sobran, debo ser un bato de poco entendimiento, tipo Hodor, que sólo sabe pronunciar tu nombre. Hace rato, cuando volví a mencionarte, JP se escurrió por el tema y prefirió preguntarme si aún estaba interesado en hablar con su amiga SH, una jovencita de 24 años que embalsama cadáveres. Primero le dije que no, que mis planes habían cambiado después del LSD, pero luego me pregunté qué soñaba una mujer como ella, si era feliz, y por eso allá vamos JP y yo, corazón, en el auto de K. Durante el camino, JP me enseña la casa de millón de pesos donde, modesto, vivió el gobernador hace menos diez años y yo me imagino lo que tuvo que robar y vender para que hoy sea dueño de varias casas de sabe cuántos millones de dólares. Luego me platica que trabajó de vendedor de paquetes funerarios y me habla de la comisión más jugosa que cobró: mil dólares, por un funeral donde se gastaron 180 mil. Pagaban muy poco, los mandé a la verga, me dice todavía con resentimiento. Por lo que me cuenta, el velorio fue un cliché de narcoserie y del cual no pretendo hablar, amor. Los funerales de esa gente son feos, me dice JP, La raza llora más por culpa que por amor a su pariente. Lo mismo me platicará SH en su cocina, cuando a JP y a mí nos siente alrededor de una mesa/barra de metal. Esa gente nomás llora porque se les acabó el marrano de oro, dice SH con un vozarrón que truena como si la casa fuese una caja de resonancia. JP la azuza para que me cuente esa historia que podría comenzar cuando la mamá de SH se para frente al Semefo de TJ y, en una hoja en blanco, le firma a una viuda que ella se hará cargo del funeral, que confíe, que a eso se ha dedicado su familia y ella toda la vida, sucede que sus hermanos la estafaron y ahorita está atravesando por una mala racha pero, primero dios, va a levantarse. Ahorita recibimos nos están llegando unos sesenta cuerpos al mes, me dice SH mientras prepara una pasta, aunque, a estas alturas, corazón, quizá esté inventando. Ya ves lo que dijo Gabo: La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla.
La mayoría de esos difuntos, amor, son hombres de entre 25 y 40 años de edad y, además de dílers, pistoleros e inocentes que nunca faltan en esa palabra salida del infierno, el ejecutómetro, la gente en TJ también muere de diabetes, infartos, cáncer y de sida, y, de un tiempo para acá, les están llegando bebés. ¿Y eso?, le pregunto a SH y ella, como si me dijera qué hora es, responde: La propia familia los mata o los violan. Me acuerdo que con ese mismo desenfado te contaba mis macabras historias y tú me mirabas como si enfrente tuvieras a un asesino serial. Me cuenta SH sin complejos: Tengo grabado el caso de una señora que, frente a mí, le confesó a su marido que ella había matado al bebé por celos, porque él ya no le hacía caso.
¿Y eres feliz con lo que haces?, la interrumpo y ella, corazón, me ataja:
No, ¡claro que no!, pero sólo somos mi madre y yo y mi deber es ayudarla. Yo quisiera ser cineasta o documentalista, o hacer lo que tú estás haciendo ahorita, escribirle a tu pasado, pero embalsamo muertos y lo hago muy bien: estudié un año.
¿Qué has perdido con este trabajo, con esta vida?
El sueño, el humor, la fe, responde como si lo hubiera ensayado frente al espejo pero ni siquiera está peinada SH. La peor pérdida fue de lo que la gente llama inteligencia emocional: puedo ser condescendiente, predecible y tenaz pero soy distante y fría con las parejas y con los amigos que he querido hasta el tuétano. Tengo muy claro que no fue el abandono de mi padre lo que me endureció, eso nomás fue el pretexto para meterme un chingo de perico, mi bronca está en que todo el día veo muerte y me bloqueo. Me caga que sí pueda relacionarme con desconocidos —por ejemplo, me llevo a toda madre con los adictos que visito en el centro donde me rehabilité— pero no puedo fluir con mis parejas, me peleo mucho con mi mejor amiga, no le hablo a mi papá. Me caga, me caga.
Supongo que has ido a terapia.
Voy desde que intenté suicidarme.
Le digo a SH que no se agüite, que no está sola, que cubrir la violencia les ha zafado tornillos a varios de mis colegas. Borondongo, por ejemplo, se asoma cada tanto por la ventana; tiene paranoia. A Bernabé se le cae el pelo y padece hipertensión. Muchilanga sufre insomnio pero lo más desgastante son los ataques de pánico: sus hijos se asustan. Burundanga no funciona si antes no se fuma un churro en ayunas. Abambelé no sólo toma al día un cóctel de antidepresivos, también está enfermo de mafia (es decir, se viste como narquillo y tiene ciertas muletillas del narcolenguaje). Songo no usa celular porque jura que van a espiarle. Monina es un alcohólico al que nadie se lo hemos dicho porque todos tenemos un vicio. En mi caso, solo me faltaba escuchar voces y ya las escuché durante el viaje de LSD. Nietzsche escribió que Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo mira dentro de ti, le digo a SH pero ella es más chingona: Me gusta más la primera frase: Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en un monstruo. Sólo me resta contarle que Madame Tutú, quizá la reportera más chingona que conozco, siempre me dice que estamos bien torcidos. ¿Y sabes qué es lo peor, carnalito?, me pregunta Tutú, Que ahí seguimos, como cochis a la mierda. En mi caso, le cuento a SH, la violencia me sobre dosifica: vengo de ahí, me siento en mi ecosistema. No sé cómo explicarle que algo sucede en mi interior y no se detiene. ¿Y qué buscas con tu trabajo?, ahora SH es la que entrevista y lo hace más que bien. Le respondo: Ir a lugares que a nadie les interesan para contar lo que veo y lo que oigo para que la gente grite y llore como yo he gritado y he llorado. ¿Y lo has logrado? No creo, pero estoy seguro de que he conseguido enojarme más. ¿Pero has disfrutado tu trabajo, no? Paradójicamente, sí: la adrenalina le ha ganado a la furia. ¿Y cómo te llevas con los desconocidos? Igual que tú: con ellos he sido más cercano que con la gente que quiero; creo que estaba convencido de que no merecía ser feliz pero, ya entendí (otra revelación del LSD), que esa idea solo era una trampa de la victimización, una larva que ya sé en dónde se me trepó: la aprendí para sobrevivir a mis deficiencias de niño. Lo peor de esa victimización fue haberla alimentando a través del autoboicot. Ya entendí, amor, que uno debe eliminar la queja de la vida y dejar que las cosas vayan ocurriendo. Qué pendejo fue mi dinamitero loco, le digo a SH, aunque más bien te lo digo a ti, corazón: Por no estar en el aquí, nunca pude percatarme de que eras mi tierra firme. SH me pregunta entonces si lo que jodió nuestra relación fue la falta de empatía y yo le respondo que no, que eso fue lo segundo o quizá lo tercero. Lo primero fue mi falta de compromiso: en vez de razonar con la cabeza y hacerle caso a mis cariños, resolví las cosas con el ego, motivado por el pito. Es decir: donjuán se aferraba a vivir. Entonces, un día, sin planearlo, pasó que te convertiste en mi última mujer, amor. Éramos tan felices que hasta pensé decirte que viviéramos juntos en diciembre. Lo segundo fue mi ausencia y mi frialdad en momentos vitales, como aquel día de tu examen profesional. Lo tercero pasó un sábado: saqué una almazanada del bolsillo, le prendí fuego y te la estallé en la cara.
Pero ya me desvié. Esta infinita e insana manera de hablar y hablar siempre me extravía durante las conversaciones. Silencio. Eso debo empezar a practicar: el silencio. Silencio.
¿En qué estábamos? ¡Ya me acordé!: SH me cuenta que su terapeuta le ha dicho que inconscientemente le rendimos honor a nuestros padres y que yo debería preguntarme a quién estoy honrando. Le contesto que eso lo descubrí en terapia pero con el viaje de LSD supe que también algo tienen que ver los complejos de mi padre y la depresión de mamá. Por suerte ambos me enseñaron principios y de ellos voy a sujetarme para salvarme, le digo y ella nos sirve una pasta que, lo sé, estoy inventando. En cierto minuto de la plática, SH me sugiere que anime a mis colegas a que vayan a un servicio de afinación y balanceo con el terapeuta y yo le advierto que no todos están saicos. ¿Y cómo le hicieron los otros para no estarlo? Su pregunta me paraliza, corazón: es la más básica de todas y nunca, de verdad nunca, se me había ocurrido. La maldita inteligencia emocional. Entonces saco mi celular y busco el número del 4-4, el único fotoperiodista tijuanense que siempre se aparece en la escena del crimen. A ese cabrón lo veo siempre muy feliz, le digo a SH, Además es como yo: habla de todo y de nada pero acaba por decir de algo. Quedo de ver al 4-4 en un restaurante de mariscos. SH no va: se le acumuló el trabajo en la funeraria. Pero escríbeme para ver qué te dice el 4-4.
El 4-4, 45 años, se aparece en un carro ochentero, de esos que el valet parking sabe de inmediato que no tiene caso estacionar. En ese carro, el 4-4 serpentea por las calles tijuanenses en busca de homicidios y, para ello, se ayuda de una radio que está conectada a la banda de la policía municipal. Hoy ha habido dos asesinatos, corazón: uno de los muertos vendía cristal y el otro era halconcillo. Con o sin estos dos difuntos, el 4-4 ha fotografiado, desde que empezó a trabajar en 2007, más de seis mil hombres y mujeres asesinados. El 4-4 es autodidacta, antes era vendedor de curious en la línea: vendía hamacas, alcancías, máscaras y demás curiosidades; ganaba 100 dólares al día, pero en 2004, después del atentado a las Torres Gemelas, los gringos dejaron de cruzar a TJ y el negocio de los curious se vino abajo. Ahora trabaja de lunes a viernes y no gana lo que por mes obtenía en la garita, mas eso no le quita el sueño: el 4-4 disfruta lo que es: un fotoperiodista. Le pregunto cuál ha sido su foto más famosa y él describe la imagen: una señora y su hija comiendo tacos mientras al asesinado, que yace a menos de tres, cuatro metros de distancia, no lo rodean ni las moscas. A la raza le valen madre los homicidios, me dice el 4-4 mientras se lleva a la boca una cucharada de camarones crudos. El 4-4 tiene todas las fuentes para saber vida y fechorías de cada asesinado, corazón, pero él prefiere no meterse en problemas y solo envía sus fotografías con los datos necesarios: sexo, tipo de arma con la que fue asesinado, lugar y edad aproximada. Podrán decir que soy un cobarde, bato, pero yo no quiero andar paranoico como otros colegas que se meten hasta la cocina y se queman.
¿Y no preguntar te ha mantenido sano mentalmente?
Yo creo que la precaución o la cobardía, llámale como quieras, te ayuda, pero mi mejor vacuna contra toda esta mierda la tomo cada semana: los viernes apago la radio a las seis de la tarde y no vuelvo a encenderlo hasta el lunes, cuando me despierto. ¿Y qué hago el fin de semana? Me voy con mis hijos y mis nietos a la playa o cruzamos al gabacho o nos vamos al desierto.
O sea, ¿tu inteligencia emocional la construyes con la familia? Chale. Yo siempre digo que el origen de todos los males es la familia.
La familia nomás es un conducto, bato. El amor por tu pareja, por tus hijos, por tus nietos, por tus hermanos o por alguien es la clave.
Yo amo a mi perro.
No, wey, hay que amar a una persona, y me aprieta el brazo para enfatizarlo: a-mar a u-na per-so-na.
Amo a mi ex novia.
Pero ella ya no está, ¿que no?
También amo a mis hermanos, a mi padre y a mis amigos.
Entonces empieza con ellos.
La radio nos interrumpe: hay un 53 (homicidio). Aprovecho para escribirle a SH por WhatsApp:
Que dice mi compa que el amor y el desapego
al trabajo pueden salvarnos
(WhatsApp de SH)
Puta madre!

Continuará.

Alejandro Almazán es el escritor de la serie de televisión El Chapo y de los libros La victoria que no fue (2006), Gumaro de Dios, el caníbal (2007), Placa 36 (2009), Entre perros (2009) y Palestina, historias que Dios nunca hubiera escrito (2011) y El más buscado (2012). Ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica. Ha ganado, también, el Premio Nacional Rostros de la Discriminación, el premio que otorga la Sociedad Interamericana de Prensa, el Fernando Benítez y el Premio García Márquez de Periodismo 2013, el más prestigiado a nivel mundial.

Lee la cuarta parte aquí.

Twitter @alexxxalmazan

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