En México se habla mucho de soberanía, pero se practica poco.
Se denuncia la intervención extranjera cuando conviene, pero se guarda silencio cuando incomoda.
Se exige respeto a Estados Unidos, pero se protege a quienes han tenido vínculos formales con su aparato político, de seguridad… y ahora también con sus agencias investigadoras.
El caso de Jaime Bonilla Valdez es el ejemplo más claro —y más incómodo— de esta doble moral.
Mientras la presidenta exige respeto a la soberanía mexicana y Morena presume una iniciativa para castigar la “injerencia extranjera”, el movimiento que ella encabeza ha defendido a ultranza a un político que:
- es ciudadano estadounidense,
- votó y ha seguido votando en elecciones estadounidenses,
- juró defender la Constitución de Estados Unidos,
- ocupó cargos públicos en California,
- se reafilió al Partido Republicano,
- aceptó haber trabajado como informante del FBI (Los Ángeles Times, 17 de septiembre de 2003).


Sí: el mismo Bonilla que Morena protege es quien hoy se presenta como informante ante un gobierno extranjero.
En México a eso se le llama de otra manera: soplón.
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1. El silencio que delata
Cuando Morena habla de soberanía, nunca menciona a Bonilla.
Cuando Monreal propone anular elecciones por injerencia extranjera, nunca menciona a Bonilla.
Cuando la SRE desestima denuncias sobre doble nacionalidad, nunca menciona a Bonilla.
¿Por qué?
Porque el expediente Bonilla destruye por completo la narrativa de soberanía que hoy se usa como bandera política.
- No es un rumor.
- No es una especulación.
- No es un ataque político.
Son documentos oficiales, resoluciones del TEPJF, registros públicos de California y una nota de Los Ángeles Times donde Bonilla acepta haber colaborado con el FBI durante cinco meses, grabando conversaciones para una investigación federal.

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2. La iniciativa de Monreal: un espejo que evita reflejar a Bonilla
Ricardo Monreal propone que cualquier influencia extranjera sea causal de nulidad electoral.
Pero él mismo ha defendido al político mexicano con más vínculos formales con un gobierno extranjero en la historia reciente.
La iniciativa no es un acto de soberanía.
Es un acto de conveniencia.
Porque si la soberanía fuera el principio rector, el primer expediente que deberían revisar es el de Bonilla.
Pero no lo harán.
Porque abrir ese expediente implicaría admitir:
que Morena postuló a un ciudadano estadounidense,
que colaboró con una agencia de seguridad extranjera,
que se afilió al partido del actual presidente de Estados Unidos,
todo ello mientras era protegido por la dirigencia de la 4T.
La soberanía, para ellos, es un discurso. No una convicción.
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3. El Partido Republicano y la narrativa del enemigo
El dato es demoledor:
Bonilla se reafilió al Partido Republicano, el mismo partido cuyo gobierno ha acusado al país de tener vínculos con organizaciones criminales.
Mientras la presidenta exige respeto a México, Morena protege a un político que participó activamente en la vida política del partido que hoy cuestiona la integridad del país.

¿Dónde está la coherencia?
¿Dónde está la congruencia?
¿Dónde está la soberanía?
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4. La doble ciudadanía: el elefante en la sala
La pérdida de la ciudadanía estadounidense solo existe si hay un Certificate of Loss of Nationality (CLN).
Bonilla nunca lo obtuvo.
Nunca compareció ante un consulado.
Nunca firmó los formularios.
Nunca pagó la tarifa.
Nunca fue registrado en Washington.
Para Estados Unidos —y para el derecho internacional— Bonilla sigue siendo ciudadano estadounidense.
Pero Morena no dice nada.
La SRE no dice nada.
Monreal no dice nada.
Porque decirlo derrumbaría el discurso.
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5. Conclusión: la soberanía no se declama, se ejerce
La soberanía no se defiende con discursos en el Senado.
No se defiende con iniciativas que evitan nombrar al responsable más evidente.
No se defiende con silencios cómplices.
La soberanía se defiende con coherencia.
Y mientras Morena, la SRE y Monreal sigan protegiendo a Jaime Bonilla, no tienen autoridad moral para hablar de intervención extranjera.
Porque la intervención extranjera más documentada, más grave y evidente está dentro de su propia casa.
Y lo más irónico: es su propio “soplón” quien la presume.