Opinión | Crónica del destierro del jefe Máximo y del amanecer agrario que me parió

Opinión | Crónica del destierro del jefe Máximo y del amanecer agrario que me parió

En 1936, cuando el país decidió expulsar a Plutarco Elías Calles, también decidió abrir la tierra, romper las cadenas de las haciendas y darle nombre y apellido a los que siempre habían sido invisibles.

Por San Diego Red el 23 de agosto del 2026 a las 5:48 pm PDT

Por Jaime Cleofas Martínez Veloz

A veces pienso que la historia de México no se escribe en los libros, sino en la tierra. En la tierra que se pelea, que se reparte, que se defiende. En la tierra que mi abuelo Ubaldo Veloz caminó con las botas llenas de polvo y el corazón lleno de rabia. Porque en 1936, cuando el país decidió expulsar a Plutarco Elías Calles, también decidió abrir la tierra, romper las cadenas de las haciendas y darle nombre y apellido a los que siempre habían sido invisibles.

Y yo, que no viví esos años pero los traigo tatuados en la memoria familiar, cuento esta historia como quien confiesa un secreto que la tierra me dijo al oído.

I. Yo vengo de un país que caminaba con dos sombras

Antes de que Cárdenas hiciera temblar a los hacendados, México caminaba con dos sombras. Una era la del presidente en turno, que vivía en Palacio Nacional y firmaba decretos con la solemnidad del que sabe que lo están vigilando. La otra era la sombra del Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, que vivía enfrente, en Anzures, como si el país fuera su rancho y los presidentes sus capataces temporales.

Yo crecí escuchando esa frase en boca de los viejos del ejido: “Aquí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente.”

Y aunque yo no había nacido, mi abuelo sí. Y él lo vivió. Y él lo peleó.

Porque mientras Calles mandaba desde su casa grande, mi abuelo organizaba sindicatos agrícolas en las haciendas de la Laguna, junto a Dionisio Encinas y Vicente Lombardo Toledano. Haciendas de españoles, de extranjeros, de terratenientes que creían que la tierra era eterna y que los peones eran muebles.

Mi abuelo sabía que eso tenía que acabarse. Y Cárdenas también.

II. El país se partió en dos: el cacique y el presidente

Calles no soportaba las huelgas. Las veía como insolencia. Como desafío. Como ruido que entorpecía su rancho nacional.

Cárdenas, en cambio, veía en los obreros y campesinos la fuerza que podía enderezar al país. Y ahí empezó la guerra silenciosa.

Calles reunió senadores en su finca de Cuernavaca, Las Palmas, para regañar al país como patrón molesto porque los peones se organizaron. Cárdenas respondió como responden los ejidatarios cuando el cacique quiere imponer su voluntad: corrió a todo el gabinete.

Mi abuelo decía que ese día México respiró por primera vez en años. Que ese día la tierra se movió. Que ese día el sol dejó de duplicarse.

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III. 1936: el año en que la tierra se abrió

El reparto agrario no fue un decreto. Fue una guerra. Una guerra sin balazos, pero con machetes, con asambleas, con sindicatos, con hombres que sabían que la tierra no se pide: se toma.

En 1936, mientras Calles se debilitaba, Cárdenas aceleró el reparto. Y ahí estaba mi abuelo Ubaldo, organizando sindicatos agrícolas, levantando padrones, enfrentando hacendados que se creían virreyes.

Mi abuelo contaba que muchas haciendas eran de españoles que hablaban como si la tierra les hubiera sido entregada por Dios. Que otros eran extranjeros que nunca habían sudado bajo el sol lagunero. Que todos tenían miedo. Miedo de Cárdenas. Miedo de los sindicatos. Miedo de los ejidos. Miedo de hombres como mi abuelo.

Porque cuando el pueblo se organiza, hasta el hacendado más bravo tiembla.

IV. La noche en que México decidió expulsar a Calles

El 9 de abril de 1936, México se cansó. La noche se puso inquieta. Los rumores de golpe de Estado crecían como maleza. Los callistas se reagrupaban. Los conservadores se envalentonaban. Los obreros miraban de reojo.

Cárdenas decidió que ya era suficiente. Que el país no podía seguir con dos mandos. Que el sol de Anzures tenía que apagarse.

Esa noche, el general Rafael Navarro Cortina entró a la casa de Calles. El Jefe Máximo estaba en pijama, convaleciente, leyendo Mein Kampf. La ironía es tan grande que parece inventada: el hombre que quiso controlar México estaba leyendo a Hitler cuando el país decidió que ya no lo necesitaba.

A las 07:15 del 10 de abril, Calles fue expulsado. Y México amaneció con un solo sol.

Mi abuelo decía que ese día la tierra se abrió. Que ese día los ejidos respiraron. Que ese día los hacendados entendieron que su tiempo había terminado.

V. 1938: la marcha que me parió

Si 1936 fue el año en que la tierra se abrió, 1938 fue el año en que la tierra habló.

El 23 de marzo de 1938, mi abuelo Ubaldo Veloz fue parte del Comité Organizador y orador de una marcha de más de tres kilómetros en Torreón, apoyando la decisión del general Lázaro Cárdenas de expropiar el petróleo.

Tres kilómetros de obreros. Tres kilómetros de campesinos. Tres kilómetros de sindicatos. Tres kilómetros de dignidad.

Mi abuelo decía que ese día la Laguna se volvió país. Que ese día la tierra habló con voz de multitud. Que ese día los pobres caminaron como gigantes.

Él habló desde un templete improvisado. Con voz firme. Con palabras que no salían del pecho, sino de la tierra.

Decía que la expropiación no era un acto económico, sino un acto moral. Que el petróleo era del pueblo. Que la soberanía no se discute: se defiende. Que México ya no tenía dos soles. Que México ya no tenía caciques. Que México tenía presidente. Y que ese presidente se llamaba Lázaro Cárdenas.

Mi abuelo decía que ese día lloró. No de tristeza. De orgullo. De victoria. De tierra.

La noche en que México expulsó a Calles… y la mañana en que mi abuelo caminó con Cárdenas

Yo lo digo sin rodeos: la expulsión de Plutarco Elías Calles no fue sólo un acto político. Fue un acto de limpieza. De desinfección. De abrir ventanas para que entrara aire nuevo. De apagar un sol que ya no calentaba, sólo quemaba.

Porque mientras Calles mandaba desde su casa grande, México caminaba chueco. Mientras él imponía ministros, el país se achicaba. Mientras él frenaba huelgas, la tierra se secaba. Mientras él vigilaba desde Anzures, los ejidos seguían sin nombre, sin papeles, sin futuro.

La noche del 9 de abril de 1936, cuando lo sacaron en pijama, México hizo algo que pocas veces se atreve a hacer: rompió con su sombra. Le dijo al cacique que ya no lo necesitaba. Que el país no era rancho. Que el pueblo no era peón. Que la Revolución no era propiedad privada.

Y mientras esa noche se escribía en la capital, aquí en la Laguna la tierra también se movía.

Porque cuando Calles cayó, Cárdenas pudo repartir la tierra. Y cuando Cárdenas repartió la tierra, mi abuelo Ubaldo Veloz se levantó como dirigente y organizador de sindicatos agrícolas, junto a Dionisio Encinas, junto a Lombardo Toledano, junto a todos esos hombres que sabían que la dignidad no se mendiga: se organiza.

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Y cuando llegó 1938, cuando el país entero tembló con la Expropiación Petrolera, mi abuelo no se quedó en casa. No se escondió. No esperó instrucciones.

Fue parte del Comité Organizador y orador de la marcha del 23 de marzo, una marcha de más de tres kilómetros, tres kilómetros donde la Laguna se volvió país. Tres kilómetros donde la tierra habló. Tres kilómetros donde mi abuelo levantó la voz para decir:

“General Cárdenas, aquí estamos. Aquí estamos los que sembramos, los que cosechamos, los que sudamos. Aquí estamos los que nunca tuvimos tierra y ahora la defendemos. Aquí estamos para decirle que el petróleo es del pueblo.”

Por eso, cuando pienso en la expulsión de Calles, no pienso en el avión que despegó de Balbuena. Pienso en mi abuelo. En sus botas llenas de polvo. En su voz firme. En su machete envainado. En su sindicato. En su marcha. En su fe cardenista.

Porque la expulsión de Calles abrió la puerta. Pero fueron hombres como mi abuelo quienes cruzaron el umbral. Quienes hicieron que la tierra dejara de ser hacienda y se volviera ejido. Quienes caminaron tres kilómetros para que México tuviera dignidad. Quienes demostraron que la Revolución no se hereda: se trabaja, se organiza, se defiende.

Y yo, soy hijo de esa marcha. Soy hijo de ese sindicato. Soy hijo de ese reparto agrario. Soy hijo de ese amanecer cardenista.

Por eso cuento esta historia. Porque la historia no se aprende: se carga.

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