Por Victor Lagunas Peñaloza
Quien anda recorriendo pasillos del gabinete y presumiendo cercanía con la presidenta Claudia Sheinbaum es Héctor Sulaimán.
A donde llega, repite la misma historia: que tiene autorización para usar el nombre de la presidenta y abrir puertas en contratos del gobierno federal. Una narrativa que, más que respaldo real, suena a presión y a oportunismo.






Sulaimán no es nuevo en esto. Es primo del exministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena, quien encabezó el SAT durante el gobierno de Felipe Calderón. En esa etapa se concretó la polémica adquisición de equipos no intrusivos de la marca Rapiscan Systems por montos millonarios, donde Sulaimán operó como comisionista.
Intentó repetir la fórmula en el sexenio pasado, pero esta vez ni la propia empresa le abrió la puerta. Quedó fuera del proyecto y, desde entonces, pasó de operador a crítico; descalificando a quienes hoy prestan el servicio, sembrando dudas y empujando versiones de supuestos incumplimientos… todo con el objetivo de reposicionarse.
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En el camino ha construido una red de influencias que no resisten verificación. Se ha presentado como interlocutor con el Vaticano —ya desmentido—, como vínculo con fundaciones internacionales, e incluso como puente entre gobiernos.






Hoy busca regresar al negocio impulsando proveedores sin experiencia probada en proyectos de alta complejidad para la seguridad nacional. Y ahí está el fondo del asunto; estos contratos no solo requieren operación técnica, sino respaldo financiero, capacidad de ejecución y garantías que no cualquiera puede sostener.
Porque una cosa es presumir cercanía… y otra muy distinta es tener la capacidad —y la credibilidad— para responderle al Estado mexicano.
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Ya se verá si esta estrategia le alcanza… o si vuelve a quedarse fuera.
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