Opinión | T-MEC: el atrevimiento que la frontera necesita

Opinión | T-MEC: el atrevimiento que la frontera necesita

Ninguna región vive la incertidumbre del T-MEC tan de cerca como la frontera norte.

Por Editorialsdr el 6 de julio del 2026 a las 4:30 pm PDT

Por Isabel Studer

Ninguna región vive la incertidumbre del T-MEC tan de cerca como la frontera norte. Aquí la integración con Estados Unidos no es un dato de política comercial: es el empleo, la maquila, la planta automotriz, la cadena de proveeduría que cruza el puente todos los días. Por eso vale la pena decirlo aquí primero.

“El T-MEC sobrevive.” Es cierto. Y es justo eso lo que deberíamos discutir.

Un tratado comercial no vale por existir. Vale por la certidumbre que ofrece para invertir a diez o quince años. Esa previsibilidad —no la cercanía geográfica ni los aranceles bajos— es el verdadero motor del nearshoring. Lo que se activa el 1 de julio convierte un horizonte de dieciséis años en una revisión que se reabre cada doce meses durante una década. No se rompe nada; se erosiona algo más difícil de reconstruir: la confianza de quien decide dónde poner una planta. Y ese costo no se reparte parejo. En una mesa asimétrica lo paga más quien tiene menos poder relativo, y México llegará a cada revisión en posición defensiva.

Por eso desconfío del encuadre de “oportunidad, no amenaza” que empieza a circular. Suena estratégico, pero coincide demasiado bien con lo que conviene proyectar políticamente. Quien decide una inversión de miles de millones no necesita que lo tranquilicen; necesita que le dimensionen el riesgo real.

Conviene mirar al norte —más al norte—. Frente a la misma presión de Washington, Mark Carney no se preguntó cómo sobrevivir a Estados Unidos, sino cómo depender menos de él: se propuso duplicar sus exportaciones no estadounidenses en una década y fortalecer su mercado interno bajo la idea de “una sola economía canadiense”. Y dio el paso más simbólico de todos: acercarse a China. No lo leo como un movimiento comercial técnico, sino como una declaración de independencia frente a Trump; el mensaje de que la relación con Washington no define, por sí sola, el margen de maniobra de un país.

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Ahí está el punto que nos incomoda, y que hay que nombrar. La controversia sobre China es, en el fondo, sobre el papel que México aceptó desde el TLCAN: el de plataforma que abre su mercado y su territorio para exportar a Estados Unidos. Ese pacto tenía una lógica poderosa: se suponía que solo se alcanzaban economías de escala —en la industria automotriz, sobre todo— accediendo al enorme mercado estadounidense vía exportaciones. Todo lo demás quedaba subordinado a esa puerta.

Pero si Estados Unidos ya no está comprometido con el T-MEC a largo plazo, esa lógica se debilita. Y entonces la pregunta de Carney se vuelve también la nuestra: ¿por qué seguir orientando toda la nueva inversión industrial hacia una sola puerta que su dueño amenaza con cerrar cada año?

Aquí es donde la transición energética deja de ser una agenda ambiental y se vuelve la oportunidad industrial de la década. Seamos precisos, sin ilusiones: el mercado interno mexicano probablemente no sea lo bastante grande para absorber cuatro veces la producción de vehículos que hoy exportamos. Nadie propone sustituir al mercado estadounidense de la noche a la mañana. Pero el mercado interno sí puede atraer inversión suficiente para producir vehículos eléctricos —y baterías, y tecnologías limpias— destinados al consumo nacional y a otros mercados de exportación: América Latina, Europa, Asia-Pacífico. La escala ya no tiene por qué depender de una sola puerta.

Fortalecer el mercado interno tiene, además, un dividendo que en un país tan desigual no es menor: es, por definición, más incluyente que un enclave exportador. Ataca de frente la desigualdad y la pobreza energética, en lugar de concentrar los beneficios en unos cuantos corredores industriales.

Nada de esto se decreta desde arriba. Diversificar una economía exige que empresas, gobierno y sector social empujen en la misma dirección, con liderazgo anticipatorio y no reactivo. La frontera, que construyó su prosperidad leyendo antes que nadie hacia dónde iba la manufactura, es precisamente la región que puede volver a leer primero.

No se trata de romper con Estados Unidos: seguirá siendo nuestro socio principal por mucho tiempo. Se trata de dejar de ser una economía de cliente único, y de tener el atrevimiento de decidirlo nosotros.

¿Vamos a pasar la próxima década negociando mejor la dependencia, o vamos a usar este momento para empezar a reducirla?

* La autora es presidenta de Sostenibilidad Global A.C. Doctora y Maestra en Relaciones Internacionales por la Universidad Johns Hopkins, y Licenciada por El Colegio de México, ha liderado iniciativas en la Universidad de California, The Nature Conservancy, Amexcid, la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), la Semarnat y el Instituto Global para la Sostenibilidad del Tecnológico de Monterrey.

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