Opinión | Un compadre prófugo y el ahijado de Bonilla, los que grabaron a la Gobernadora: Simón Levy confiesa la vulgar estrategia.

Opinión | Un compadre prófugo y el ahijado de Bonilla, los que grabaron a la Gobernadora: Simón Levy confiesa la vulgar estrategia.

“A confesión de parte relevó de pruebas”

Por Arq Jaime Martínez Veloz el 26 de julio del 2026 a las 1:41 pm PDT

I. La frontera no inventa historias: las revela

La frontera tiene su propio modo de contar las cosas. No las narra: las filtra. No las ordena: las deja caer como piedras sobre el agua, para que cada quien vea las ondas que se expanden.

Y esta historia —la de los audios de la Gobernadora de Baja California— no nació en Washington, ni en oficinas federales, ni en despachos diplomáticos. Nació en Tijuana. Nació en la sombra de un compadrazgo. Nació en la torpeza de un disfraz. Nació en la frontera, donde los engaños cruzan más rápido que las personas. Nació en las oficinas de PSN la estación de Bonilla, esa que no le quiso pagar a Lourdes Maldonado, esa misma en donde se reúne con pseudo dirigente partidarios y precandidat@s confundid@s.

II. El momento político: la grieta que abrió la vulnerabilidad

Era mayo de 2025 cuando a la Gobernadora Marina del Pilar le retiraron la visa. En la frontera, perder la visa es perder un brazo político. Es quedar expuesta. Es abrir una grieta por donde los oportunistas —los de siempre— meten la mano. En ese clima apareció Jaime Bonilla, exgobernador, operador de vieja escuela, hombre de redes profundas y silencios largos. Bonilla ofreció “ayuda”. Y como en toda tragedia mexicana, la ayuda venía acompañada de un compadre y un ahijado. 

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III. Los operadores: el compadre prófugo y el ahijado disfrazado

1. El ahijado: Carlos Gil

Ahijado de Bonilla. Se presenta como “agente del FBI”. No lo es. Nunca lo fue. Pero en la frontera, donde la imaginación es más grande que la ley, basta con decirlo para que algunos tiemblen.

Su papel en la operación fue claro:

• fingir autoridad,

• fabricar amenazas,

• grabar ilegalmente,

• y presionar políticamente.

1. El compadre: Luis Armando Montes Trujillo

Alias Luis A. Trujillo.

Alias “escritor”.

Alias “empresario”.

Alias “hombre respetable”.

Pero detrás del alias hay otra historia:

• la del expresidiario que escapó del penal de Tijuana,

• disfrazado con ropa de un visitante,

• en los años en que la justicia era un animal domesticado.

Montes Trujillo es compadre de Bonilla.

Carlos Gil es ahijado de Bonilla.

Y en México, ya lo sabemos: los compadrazgos son más fuertes que los partidos, más duraderos que los gobiernos y más peligrosos que las armas.

IV. La operación: teatro binacional, grabaciones locales

La escena es digna de una novela negra fronteriza: Carlos Gil, con la voz impostada de quien cree que la mentira es uniforme, advierte sobre una supuesta “intervención militar de Estados Unidos en Baja California”. Habla de expedientes, de agentes, de oficinas federales, de amenazas diplomáticas. Nada es cierto. Todo es teatro. A su lado, Montes Trujillo —el compadre, el fugitivo— asiente, presiona, exige, empuja. Pide reuniones urgentes, negociaciones inmediatas, decisiones que comprometan al Estado mexicano.

Su desesperación no es política: es personal. Es la urgencia de quien sabe que su pasado lo persigue y que su presente depende de la protección de un padrino. Las grabaciones que después circularon no fueron hechas por ninguna agencia extranjera. No fueron parte de ninguna operación internacional. No fueron producto de inteligencia binacional. Fueron hechas en Tijuana, por ellos mismos, para chantajear, para presionar, para doblar la voluntad de un gobierno.

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V. El padrino político: Bonilla y la sombra que no se retira

El vínculo es directo:

• el compadre prófugo,

• el ahijado disfrazado,

• y el padrino político.

Bonilla no grabó.

Bonilla no editó.

Bonilla no se disfrazó.

Pero Bonilla presentó a estos operadores ante la Gobernadora, legitimó su presencia, y abrió la puerta para que la ficción binacional se convirtiera en instrumento de presión. La operación no nació en Washington. Nació en el bonillismo fronterizo.

VI. El operador mediático: Simón Levy los exhibe y confiesa públicamente un delito.

Aquí entra el personaje que faltaba: Simón Levy. En una conversación grabada con Carlos Alazraky, Levy dijo —con tono de burla y presunción— que él: “Usó a un par de gringos de Tijuana para grabar a la Gobernadora.” Esa frase es dinamita política.

Porque Levy:

• confiesa públicamente la realización de un delito,

• admite participación en una operación encubierta,

• reconoce el uso de extranjeros para intervenir en política local,

• sitúa la operación en Tijuana,

• y exhibe la estructura que otros intentaron ocultar.

Lo que el compadre prófugo y el ahijado disfrazado hicieron en la sombra, Levy lo exhibió en público. Lo que ellos negaron, Levy lo presumió. Lo que ellos intentaron maquillar como “ayuda”, Levy lo reveló como trampa. Su confesión no solo los delata: los desnuda.

VII. La frontera como escenario del engaño

La frontera es un animal extraño: a veces parece Estados Unidos, a veces parece México, y a veces parece un territorio sin dueño donde cada quien inventa su propia ley. En ese territorio ambiguo, Carlos Gil y Montes Trujillo intentaron construir una ficción:

• la de ser operadores del gobierno norteamericano,

• la de tener acceso a expedientes secretos,

• la de poder “ayudar” a la Gobernadora a recuperar su visa,

• la de poder “intervenir” en la política estatal.

Pero la ficción se rompió cuando intentaron arrastrarme a su teatro. Yo, que conozco la frontera como se conoce una herida, los desenmascaré. Me retiré. Denuncié. Y elevé el caso a la Presidencia de la República.

VIII. La soberanía como víctima

Lo que está en juego no es un pleito local. No es un conflicto entre facciones. No es una disputa de poder. Lo que está en juego es la soberanía nacional.

Porque cuando dos ciudadanos se disfrazan de agentes extranjeros, cuando fabrican amenazas militares, cuando intentan acorralar a una gobernadora, cuando intentan doblar al Estado mexicano con grabaciones falsas o editadas, no están haciendo política: están cometiendo una agresión a la soberanía mexicana.

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Y cuando un tercero —Simón Levy— confiesa públicamente haber hecho lo mismo, la agresión deja de ser clandestina y se convierte en evidencia pública. La frontera —esa cicatriz que nunca termina de cerrar— vuelve a sangrar.

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IX. El país que escucha

Este artículo no es un ajuste de cuentas. Es un llamado.

Porque lo que ocurrió en Baja California puede ocurrir en cualquier estado del país. Porque los operadores clandestinos no conocen fronteras. Porque las mentiras binacionales se mueven con la velocidad del miedo. Porque la soberanía no se defiende sola.

Y porque México merece saber la verdad: Los audios de la Gobernadora no fueron obra de ninguna agencia extranjera. Fueron obra del ahijado de Jaime Bonilla, haciéndose pasar como agente del FBI, acompañado por su padre, Luis Armando Montes Trujillo, expresidiario de la cárcel de Tijuana, compadre del exgobernador, operador de una red que quiso convertir la frontera en un escenario de chantaje.

Y fueron exhibidos públicamente por Simón Levy, quien —entre risas y soberbia— confesó haber hecho lo mismo: usar “gringos de Tijuana” para grabar ilegalmente a la Gobernadora.

La historia está escrita. El país debe leerla.

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Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no representan ni parcial ni totalmente la opinión de SanDiegoRed.

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