El maestro Alberto Patishtán murió el 2 de octubre de 2026.
Y mientras en El Bosque comenzaban los rezos para despedirlo, volví a buscar entre mis papeles una vieja propuesta fechada el 6 de enero de 2013.
Eran apenas dos cuartillas.
Entre varios planteamientos para reconstruir la confianza entre el Estado mexicano y los pueblos indígenas de Chiapas aparecía un nombre: Alberto Patishtán Gómez.
Lo encontré ahí, escrito mucho antes de que se hablara de reformas legales, de indultos o de ceremonias oficiales.
Su nombre estaba ahí porque quienes caminábamos Chiapas sabíamos que su caso representaba algo más que un expediente judicial.
Representaba una herida. Y las heridas de Chiapas tienen larga memoria.
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No conocí primero a Alberto.
Antes de escuchar su nombre había recorrido durante años los Altos, las cañadas y numerosas comunidades indígenas. Había conversado con autoridades tradicionales, catequistas, campesinos, defensores de derechos humanos y bases de apoyo zapatistas. De esos recorridos surgió una convicción: ningún gobierno podría reconstruir la confianza con los pueblos indígenas sin enfrentar las injusticias acumuladas durante décadas.

El 4 de enero de 2013 recibí una llamada de un asistente del recién nombrado secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong.
Me preguntó si aceptaría reunirme con él. No explicó el motivo.
Pero apenas unas semanas antes, el 21 de diciembre de 2012, más de cuarenta mil bases de apoyo zapatistas habían marchado en silencio por San Cristóbal de Las Casas, Ocosingo, Palenque, Altamirano y Las Margaritas.
Aquella movilización había sido un mensaje político contundente.
Sin discursos. Sin consignas. Sin una sola palabra. Supuse entonces que Chiapas sería el tema de nuestra conversación.
Por eso preparé una propuesta de apenas dos cuartillas.
La idea central era simple: si el nuevo gobierno quería abrir una etapa distinta en Chiapas, debía comenzar con actos concretos de justicia.
Entre las propuestas figuraban la reactivación de la Cocopa, el fortalecimiento de los mecanismos de diálogo y la revisión de casos emblemáticos que simbolizaban las deficiencias del sistema de justicia.
Entre ellos estaba Alberto Patishtán. Es importante subrayarlo.
Su caso estaba planteado antes de cualquier nombramiento, antes de cualquier encargo oficial y antes de cualquier reunión con la Secretaría de Gobernación.
No fue una ocurrencia de última hora.
Formaba parte de una reflexión más amplia sobre la necesidad de reconstruir la relación entre el Estado mexicano y los pueblos indígenas.
Días después me reuní con Osorio Chong.

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Le expresé una convicción construida a lo largo de años de trabajo en Chiapas: el desafío zapatista no podía abordarse solamente desde la seguridad pública o la negociación política tradicional.
La raíz del problema era la falta de justicia.
Poco después se anunció mi nombramiento al frente de la Comisión para el Diálogo con los Pueblos Indígenas de México.
Fue entonces cuando el caso de Alberto comenzó a ocupar un lugar central en nuestro trabajo.
Alberto había sido detenido el 19 de junio de 2000, una semana después de la emboscada de Las Limas, en El Bosque, donde murieron siete policías. Posteriormente fue sentenciado a sesenta años de prisión.
Sin embargo, detrás de aquella sentencia aparecía la historia de un maestro tzotzil comprometido con su comunidad, y también una larga cadena de cuestionamientos sobre la integración del expediente, la valoración de pruebas y las condiciones en que se desarrolló el proceso.
Mientras más se revisaba el caso, más evidente resultaba que no se trataba únicamente del destino de una persona.
Se había convertido en un símbolo.
Pero Alberto era mucho más que un símbolo. Era maestro. Y siguió siéndolo incluso en prisión.
En el encierro organizó actividades educativas, promovió la defensa de derechos de otros internos y acompañó diversas causas colectivas.
La cárcel intentó convertirlo en un número. Él insistió en seguir siendo maestro.

Recuerdo nuestras conversaciones durante aquellos meses. Nunca encontré resentimiento. Nunca deseos de revancha. Encontré serenidad. Encontré firmeza.
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Encontré a una persona convencida de que la justicia terminaría por abrirse camino.
La movilización en favor de su libertad creció hasta reunir a comunidades indígenas, organismos civiles, defensores de derechos humanos, académicos, religiosos e intelectuales de México y del extranjero.
Finalmente fue necesario construir una salida jurídica distinta.
Se impulsó una reforma al Código Penal Federal para permitir el indulto en casos excepcionales donde existieran indicios consistentes de violaciones graves a los derechos humanos.
La reforma fue publicada el 30 de octubre de 2013.
Al día siguiente, el presidente Enrique Peña Nieto concedió el indulto a Alberto Patishtán.

El 31 de octubre de 2013 recuperó su libertad.
Recuerdo los abrazos. Las lágrimas. La emoción de quienes habían luchado durante años para hacerlo posible. Pero recuerdo también otra cosa. La impresión de que aquel hombre había conservado su libertad interior incluso durante el encierro.
Los años posteriores confirmaron esa impresión. Alberto siguió enseñando.
Siguió trabajando por su comunidad. Siguió defendiendo causas que consideraba justas. Nunca hizo de su historia una causa exclusivamente personal. Por eso su muerte trasciende el ámbito de una noticia.
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Su encarcelamiento puso en evidencia las dificultades que enfrentan miles de indígenas dentro del sistema de justicia mexicano. Su lucha ayudó a abrir un debate nacional sobre derechos humanos, debido proceso y acceso a la justicia.

La historia registrará la reforma legal que permitió su liberación.
Chiapas recordará algo más. Recordará a un maestro que nunca dejó de enseñar. A un hombre que enfrentó la adversidad sin renunciar a su dignidad.
A una voz que transformó una injusticia individual en una causa colectiva. Ese, quizá, sea el legado más importante de Alberto Patishtán.
No el del preso que recuperó la libertad.
Sino el del maestro que ayudó a que México mirara una realidad que durante demasiado tiempo prefirió ignorar.
Descanse en Paz.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no representan ni parcial ni totalmente la opinión de SanDiegoRed.
