Más de tres décadas después, Guadalupe Tepeyac volvió a recordar las deudas pendientes del Estado mexicano con los pueblos indígenas.
El 10 de abril de 2025, Cuauhtémoc Cárdenas regresó a Guadalupe Tepeyac, municipio de Las Margaritas, Chiapas, para recibir el reconocimiento como “Promotor de la Paz y la Democracia en México”.
No fue una reunión improvisada ni solamente un homenaje personal. El Cabildo de Las Margaritas, en sesión del 20 de marzo de 2025, mediante acuerdo asentado en el Acta Ordinaria número 20-03-2025, resolvió realizar un acto protocolario al que denominó “Reencuentro con la Historia”.
El nombre era, por sí mismo, una definición del sentido del encuentro.
Guadalupe Tepeyac no es simplemente un punto en la geografía chiapaneca. Es un territorio cargado de historia, lucha y preguntas que México todavía no termina de responder.

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Por eso, aquel encuentro fue mucho más que un reconocimiento a la trayectoria de Cárdenas. Fue una oportunidad para colocar nuevamente frente al país asuntos que siguen pendientes: derechos indígenas, autonomía, justicia, democracia y paz con dignidad.
Las imágenes de aquella jornada dan cuenta de la dimensión comunitaria del acontecimiento. Una numerosa concurrencia ocupó el espacio dispuesto para la ceremonia. El debate sobre los pueblos indígenas no ocurría en un salón de la Ciudad de México, sino en el territorio, frente a las comunidades y en uno de los lugares especialmente vinculados con la historia reciente de Chiapas.
El encuentro fue encabezado por el presidente municipal de Las Margaritas, Bladimir Hernández Álvarez, integrante del pueblo tojolabal. Este elemento otorgaba al acto un significado particular: no se estaba hablando solamente de los pueblos indígenas desde las instituciones, sino desde un municipio profundamente marcado por su presencia, organización y memoria.
Y en el centro de esa memoria permanecía 1994.
La irrupción zapatista obligó al Estado mexicano y a la sociedad nacional a mirar una realidad que durante demasiado tiempo había permanecido relegada. Los pueblos indígenas no reclamaban únicamente programas sociales o recursos presupuestales. Reclamaban algo más profundo: reconocimiento, dignidad, derechos colectivos, capacidad de decisión y una relación diferente con el Estado.
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De aquel proceso surgieron los Acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígena, firmados el 16 de febrero de 1996 entre el Gobierno federal y el EZLN.
Desde entonces, México ha recorrido un largo camino. La reforma constitucional de 2024 significó un avance importante al reconocer a los pueblos y comunidades indígenas y afromexicanas como sujetos de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio propio.
Pero entre el reconocimiento constitucional y el ejercicio efectivo de los derechos existe todavía una distancia que debe cerrarse.
Ahí continúa una parte fundamental de la deuda.

La autonomía debe traducirse en capacidad efectiva para participar en las decisiones relacionadas con los territorios, los recursos naturales, las formas de organización y el destino de las comunidades. La justicia requiere, asimismo, que los derechos reconocidos jurídicamente puedan ejercerse en la vida cotidiana.
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Por eso, regresar a Guadalupe Tepeyac tenía un significado especial.
No se trataba de convertir 1994 en nostalgia ni de dejar el levantamiento zapatista reducido a una fotografía para los libros de historia.
Se trataba de formular una pregunta desde el presente:
¿Qué hemos hecho con las causas que provocaron aquella rebelión?
Y también otra, inevitable:
¿Qué ha hecho el Estado mexicano con los compromisos asumidos con los pueblos indígenas?
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Ese fue, en buena medida, el sentido del “Reencuentro con la Historia”.
En aquel escenario estaba Cuauhtémoc Cárdenas. No como candidato. No como funcionario. No como dirigente partidista.
Sino como un mexicano cuya trayectoria está vinculada a la democratización del país y que regresaba a un territorio donde permanecen asuntos fundamentales sin resolver.
Al terminar la ceremonia ocurrió una escena que guardo particularmente en la memoria. Se había considerado para Cárdenas una comida especial. Él pidió comer lo mismo que todos y terminó sentado en una mesa colectiva, compartiendo los alimentos con los asistentes.

La escena, sencilla, decía mucho de aquella jornada. Después del acto protocolario vino la convivencia, sin una mesa separada ni un espacio exclusivo, en medio de quienes habían acudido al encuentro.
Pero existe otro hecho que también merece quedar registrado.
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El “Reencuentro con la Historia” no fue concebido como una ceremonia cerrada ni exclusivamente municipal. Desde la Presidencia Municipal de Las Margaritas se cursaron numerosas invitaciones a distintas autoridades, dependencias e instituciones federales.
No corresponde especular sobre las razones de quienes no asistieron. Lo relevante es que la convocatoria existió y que el encuentro buscaba colocar nuevamente frente a las instituciones del Estado mexicano una agenda histórica que continúa abierta.
En ese contexto hubo una excepción que merece señalarse: el Instituto Mexicano del Seguro Social fue el único organismo federal presente en Guadalupe Tepeyac y, durante aquella jornada, reforzó las tareas propias de su responsabilidad institucional.
Mientras la representación federal convocada fue escasa, las comunidades acudieron de manera numerosa. Guadalupe Tepeyac volvió a convertirse, por unas horas, en espacio para abordar asuntos que acompañan la agenda indígena desde hace más de tres décadas: autonomía, derechos, justicia, dignidad y paz.
Cuauhtémoc Cárdenas estuvo ahí.
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Su regreso tuvo, por ello, un significado que trasciende el reconocimiento recibido. Permitió enlazar distintos momentos de la historia política reciente del país y recordar que los avances constitucionales de los últimos años no eliminan la necesidad de revisar cuánto falta para que los derechos reconocidos se conviertan en realidades concretas para las comunidades.
Hoy, cuando desde distintos espacios se reconoce la trayectoria democrática de Cuauhtémoc Cárdenas y su contribución a la transformación política de México, aquella jornada en Guadalupe Tepeyac merece formar parte también de ese balance.

No solamente porque regresó, más de tres décadas después, a un territorio fundamental para entender el México contemporáneo, sino porque allí, frente a las comunidades, volvió a plantearse una cuestión que permanece vigente: la relación del Estado mexicano con los pueblos indígenas no puede medirse únicamente por los derechos que ha reconocido, sino también por aquellos que todavía falta hacer efectivos.
Eso fue, finalmente, el “Reencuentro con la Historia”: un reconocimiento a una trayectoria democrática, pero también una oportunidad para recordar que los Acuerdos de San Andrés y las demandas que los hicieron necesarios siguen formando parte de la agenda nacional.
Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad de su autor y no representan ni parcial ni totalmente la opinión de SanDiegoRed.